Algo fuera de lugar: con más pretensiones de las habituales, de las, en principio, exigidas por mis intenciones (textos de espera): habrá que ser flexible: con la máxima enjundia de la que soy capaz: dos años de intentos: el título es provisional: el contenido no es definitivo: los hechos ya los expliqué (http://rdmmu.blogspot.com/2011/04/proximidad.html):
La mediocridad
Una ambición
I. Encuentro con Auster
Esa es la tumba de Samuel Beckett, pensé al ver a un hombre enfrente de la tumba de Beckett (que recordaba perfectamente, de mi visita anterior, la primera, al cementerio, con su sobrio granito y una planta verde, arrugada, como un abeto pequeño, parecida a un abeto pequeño, o un arbusto similar, plantada delante; por alguna razón la tumba y la planta son para mí parte de la obra de Beckett, de alguna de las obras de Beckett, a las que recuerdo confusa e inconexamente, como si fuesen una explicación o el escenario, el paisaje, un muro con hierba, pienso, de una de las historias que se contaban a sí mismos sus personajes). Y ese es Paul Auster, me dije, cuando lo reconocí; Indudablemente. Sin duda, murmuré para darme importancia, aunque estaba solo, ya que Ana no quiso venir al cementerio y se quedó en un centro comercial cercano.
Era una idea absurda la de visitar un cementerio, puede que no tanto como ir a un centro comercial, con sólo tres días para ver París, pero aquel día estábamos cansados, sin ganas de conocer nada nuevo, algo enfadados entre nosotros por alguna discusión absurda, y sólo perderíamos una par de horas, que nos servirían de descanso para continuar luego con nuestros paseos por las calles y los barrios.
El caso es que me situé junto a una tumba que hacía esquina con dos de las calles del cementerio para observarlo, al menos, con un mínimo de discreción, y, mientras, buscaba el valor y las palabras necesarios para acercarme a él, para incordiarlo. Ya sabéis que, aun tomando en cuenta que tiene algunas obras de lectura placentera, yo siempre lo he odiado, sobre todo su terca reivindicación del azar. Allí estaban los dos escritores, pues, frente a frente, ambos callados, y yo mirando tercamente, también, a Auster, al que habían concedido recientemente el Nobel, que aguantaba de pie sin muchos movimientos, con la cabeza dirigida a las inscripciones de la lápida.
Nunca te viste en una situación igual: con la posibilidad de acercarte a una persona a la que, pese a despreciarla sinceramente, por todas las razones que, estoy segura, no te costaría nada describir ahora mismo... esas copias mediocres de Beckett..., siempre le has concedido una cierta valía; y, además, en una situación como aquella: dos premios Nobel, frente a frente, en silencio, y Auster con una actitud de derrota, de servilismo, como necesitando nuevas palabras de Beckett. Al menos en eso sí te fijaste. Imaginad la situación. Yo, cuando llegó al café y me lo contó, me acordé inmediatamente de Reger, frente al Tintoretto, observado por el narrador de la obra de Bernhard: mientras narraba el encuentro fui recreando la escena como si ocurriese en aquel museo y Auster fuese Reger, salvando las distancias, diría, y él fuese el narrador, pero, a medida que me lo contaba, me daba cuenta de tu inferioridad como narrador, y fue perdiendo fuerza la escena. Recordad al narrador, las reflexiones que rememoraba de Reger o las suyas propias (no recuerdo si llegaba a expresarlas o eran ya, también, reflexiones de Reger); imaginad también a Auster, lo que podría estar pensando entonces. Y él mientras disfrutando de la insolencia (tu capacidad para hacer daño con las palabras) con la que pretendía acercarse.
Siempre has sido muy teatral, Ana: sientes un enorme placer con las escenas: sé que disfrutas de esta mesa con botellas y vasos, de aquella silla vacía del fondo, y que serías aún más feliz si no se escuchase este tipo de música. Lo realmente importante entonces, cuando estaba allí, era el momento en que me acercase: en el que conseguiera el asombro de Auster y disfrutase con mi insolencia: ese es el que debía preparar; lo demás es literatura: narración; la literatura que más nos gusta preferiría el primer instante, sin embargo, en la realidad, para cualquier observador, para los personajes, para los que oyesen más tarde la anécdota, sufriendo los retóricos preámbulos, estarían más interesados en el desarrollo del segundo momento, pienso yo. Por otro lado, aunque yo, vecino pobre del ingenio, estaba realmente ocupado con mis ideas mediocres, amigas del fracaso, pude observar sin interrupción y sin perder detalle todos los gestos de Auster, incluso, como has reconocido, de hacer algún que otro juicio.
Así que yo estaba allí junto a una tumba desconocida, intentando recordar, acercar, todo lo que sabía de los dos escritores, hasta que, después de unos diez minutos parado sin llegar a ninguna estrategia definitiva, comprendí que podía perder la oportunidad de discutir con Auster, y decidí, muy a mi pesar, que la mejor forma de acercarme era utilizando un libro suyo que encontramos, casualmente, en uno de los últimos asientos de un vagón del tren que nos llevó desde Le Havre a París por la región de Normandia.
Era aún cerca de Le Havre, hacía poco más de media hora que habíamos salido de la estación. Estábamos cruzando Rouen y el tren se paró bruscamente, a pesar de no llevar demasiada velocidad.
Y, bueno, oímos como cayó algo en los asientos de atrás, que estaban completamente vacíos, como la mayoría de asientos, y me levanté a ver lo que era, más que por curiosidad, por despegarme de los incómodos asientos.
Y allí en el suelo encontró la versión italiana de un libro de Auster.
Sí, en italiano; era de una editorial bastante común en Italia (la vimos en muchas librerías un año que estuvimos en Siena) cuyas ediciones son bastantes sobrias, académicas.
Me lo mostró sonriendo. Vaya mierda: un libro de Auster en italiano, dijo.
No me contestó. Sonrió también y continuó intentando dormir.
Estaba cansada. La noche anterior nos estuvimos despidiendo hasta tarde de Le Havre y de la gente que conocíamos allí y, además, tuvimos que madrugar para coger el tren. Fue una gran noche, recuerda.
Sí, me acuerdo. A pesar de todo me guardé el libro en la mochila.
Sin pensar que luego lo utilizaría.
Mierda de casualidad: yo el único problema que tengo con el azar es la reivindicación insistente de Auster, por lo demás siempre me ha divertido, aunque me jodió que precisamente me ocurriera esto con él.
Saqué el libro, como decía, con todo el esfuerzo que suponía reconocer mi fracaso: ya me había derrotado dos veces, antes incluso de comenzar la esperada discusión. Encima, cuando me vio acercarme, con el libro en la mano, me dijo que no tenía lápiz. Yo me negué (ante mí, claro) a mostrar mis bolígrafos y le recordé un cuento suyo en el que justificaba su escritura con el hecho de llevar siempre un lápiz, o algo así, por no se qué historia con un jugador de béisbol. Ignoró el tono ligeramente acusador que utilicé y me dijo que tenía prisa, que tenía que irse, que ya se había retrasado demasiado, con cierta amabilidad esquiva. Me invitó, además, a que me pasara el día siguiente por un café al que iría a desayunar. Que entonces sí podría firmarme el libro, dijo.
A Ana le hubiese encantado que tuviese allí mismo la conversación, pero no supe hacerlo; la verdad es que me sentí algo estúpido, demasiado consciente de mi incapacidad, de mi habitual torpeza, que solo soy capaz de ver después de que me ocurran las cosas (antes siempre me creo intachable), y no creí que fuese a ir al café. Al final fue mejor para ti, Ana, aunque terminaras burlándote de mí cuando te lo conté al encontrarnos en ese otro café.
Auster huyó hacia la puerta principal del cementerio. Imagino que, al menos, conseguí estropearle el momento.
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