A los seis meses de la llegada de Ana al MIT, donde tenía la suerte de vivir en la residencia Baker, decidí viajar a Finlandia con la intención, que se podría calificar de absurda o desesperada, ya que era un intento de acercarme a Ana (a la que, desde que estaba en América viviendo en la sinuosa residencia creada por Alvar Aalto, imaginaba como un pez de aguas temiblemente profundas) de visitar algunas de las obras, edificios o ciudades, diseñadas por Aalto, y de adquirir, si era posible, alguno de los muebles que diseñaba para la empresa que creó con su mujer.
Aunque llegué al aeropuerto de Helsinki, decidí visitar primero la ciudad de Seinäjoki, cuyo centro urbano había diseñado Alvar, organizando el tránsito de coches y peatones, para ver luego, cuando regresase, los edificios de la capital.
Durante el viaje pensé en lo que vería. Me interesaba estudiar la forma en que había intentado resolver el problema del tránsito Alvar Aalto; era un forma de engañarme: creer que sería capaz de distinguir las soluciones propuestas, de aprender, de sacar provecho del viaje. Pensaba que intentar analizar ampliamente todo el problema, como se lo pudo plantear el arquitecto, de describir las opciones, de explicar los motivos que lo llevaron a la solución, de buscar otras alternativas, podría valerme, en algún momento concreto, o de una forma casi inapreciable (imposible de señalar) pero existente, para los problemas que podría encontrarme cuando empezase a trabajar como ingeniero, aunque fuese en un campo completamente distinto, como era probable por mis preferencias. La brillantez, la audacia, la lucidez, intenté explicarme, no se hallan en lo que uno hace, ya sea arquitectura, literatura, música, o una zanja, sino en la forma en que se enfrenta uno a ellas; por lo que saber algo de arquitectura o ser capaz de entender la lucha de un compositor con la armonía de una determinada obra, me decía, es una de las mejores formas posibles de estudiar un problema propio de un ingeniero.
Al llegar a la estación del pueblo le pregunté a una joven que estaba allí sentada en un banco, esperando, cómo llegar a la torre Alvar Aalto, desde la que tendría una buena vista de la ciudad. La joven me explicó la forma más sencilla de llegar y me preguntó si conocía a Alvar Aalto: me dijo que no ella nunca supo quién era ni por qué tenía tanta importancia en su ciudad. Alvar Aalto fue un arquitecto de Finlandia, quizás el más importante, del siglo veinte, le dije; yo he venido hasta aquí sólo para descifrar su forma de dar soluciones a problemas, de razonar. Alvar buscaba una relación digamos, dije, armónica entre el hombre, la naturaleza y la construcción: no pretendía hacer obras majestuosas que sólo sirviesen para ser vistas, sin que fuese viable ningún uso, sino que pretendía que sus obras fuesen lo más funcionales posibles, aprovechando además, de la mejor manera posible, los recursos que proporciona la naturaleza, en forma de luz y todo ese tipo de cosas. Esto lo dije con cierta inseguridad, sin creer en mis palabras, pero intentando que pareciese que sólo estaba buscando la mejor forma de hacerle ver a la joven el valor de Alvar. La chica tenía unos ojos enormes y me miraba insinuando una sonrisa.
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