Hace dos días todas las apuestas daban como ganador del premio Nobel de literatura de este año al músico Bob Dylan; en varios periódicos (este incluido) y noticiarios de televisión, los pocos que tuve la necesidad de consultar, este hecho era incluso noticia. Ayer, debajo de los artículos relacionadas con la muerte del audaz Steve Jobs, aparecía en los periódicos digitales (no estuve atento a otras fuentes) la concesión del premio al poeta sueco Tranströmer, un poeta, al parecer, bastante reconocido e influyente; más allá, incluso, de su país natal, con obras traducidas a medio centenar de lenguas. Yo, que soy incapaz de juzgar su obra, tanto por torpeza poética como por el hecho de no haber leído nada suyo en los últimos veintinueve años, y que no quiero quedarme indiferente ante este hecho, me alegro, y doy a conocer mi alegría, ante el hecho de que no se lo hayan concedido a Bob Dylan. Por justicia poética. Quiero decir, por mi teoría de premios, que detallo a continuación, brevemente. Primer axioma: Los premios no deben darse a la persona sino a la humanidad. Segundo axioma: Deben apoyarse en la Ley de Fick, su concesión. Es decir, para dar un premio (cultural, en sentido adecuadamente amplio) económico sólo deberían existir dos razones: la primera es la difusión de la obra del premiado: se deberían premiar sólo aquellas obras que se considere beneficioso difundir, alegremente, por la sociedad, la concesión debe ser gradiente, por lo que premiar a obras ampliamente reconocidas carece de valor, como el caso de Bob Dylan: darle ese premio a Bob Dylan no aporta nada ni a la obra de Dylan ni a la humanidad (a la cultura, a la poesía, etc...); la segunda razón es la de premiar creaciones con el fin de estimular, principalmente de forma económica, aunque no habría que excluir otras implicaciones que mi límite de palabras no me permite señalar, que el premiado pueda continuar con su trabajo (piénsese por ejemplo en investigaciones científicas, tan costosas de empezar y mantener). La existencia de esta clase de premios debe tener, pues, una intención moral: ejercer una influencia positiva para que se ejerza, se continúe ejerciendo, la actividad que se premie (con la adecuada corrección), dado que, en general, hay una gran número de tribulaciones a la hora de elegir realizar ese tipo de actividades que suelen tener premios concedibles. En muchos casos los premios se premian a sí mismos concediendo el premio a algunos altos valores de la sociedad (estoy pensando en un caso concreto que no recuerdo). En algunos casos, audazmente, para revalorizarse y continuar su labor con mejores resultados.
http://www.elpais.com/articulo/futuro/Cuasicristales/osadia/teson/belleza/elpepufut/20111012elpepifut_2/Tes
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