En diez minutos escribió Myriam dos páginas, un folio. Una carta, intuí. No se interesaba en las explicaciones de la profesora, supuse; torpemente quizá. Luego dibujó una casa en la mesa, geométrica, completa, feliz. Estaba sentada casi a mi lado. Me divertía mirando, como siempre, sólo un juego. Le imaginé un interior distinto al que le había creado durante años de observaciones inútiles y superficiales en las horas de universidad, en las muchas coincidencias que me hicieron capaz de reconocerla sin conocerla.
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