miércoles, 1 de junio de 2011

Las rejas

¿Por qué se ríen las rejas?
¿De qué pretenden burlarse?
¿Qué nombres propios callan?
Sólo dan paso a lo insignificante,
pero ocultan algo.
Quieren engañarme.
Torcidas, oxidadas, inútiles desde hace tiempo,
heridas, rencorosas, me odian desde allí.
Desde la ventana lo veo, desde el salón.
Tengo tanto tiempo como ellas: no podrán engañarme continuamente.
Voy conociendo sus cartas.
Sabrán tanto como yo, pero sabré algo más:
cuando abra las ventanas,
cuando invite a la humedad 
y no muestre mis conocimientos sobre corrosión,
(que deseen ser de corten),
cuando me hable Lieve de otras horas, 
de nuevos tratamientos,
o invente otros ojos.

Las recuerdo aún cuando llegaron: 
cuando buscaban ayudar sin proteger
(nunca les pedí ese cometido).
Los primeros meses fueron bien: 
entre el ocio de la novedad y los propósitos de un jardín cuidado: 
horas de sol: botellas de agua: alguna comida familiar:
acudiendo a la fresca con una silla, música: la guitarra con sus rejas:
siempre borrachos de vida:
conversaciones que se repetían para ocultar el verdadero motivo de obsesión 
(no era necesario nombrarlo).

Las primeras lloviznas nos gustaron:
recuerdo las gotitas brillantes,
el polvo que parecía no existir y desaparecía,
los paraguas cerrados.

El viento y el frío nos distanciaron los meses siguientes.
Novedades que me requerían fuera:
historias inaplazables, el deber:
sonrisas: golpes y frustraciones: ambiciones:
búsquedas: encuentros (una tarde, Lieve):
tramas que ocupaban mi tiempo.
El sol ya no acudía tanto: los descansos,
las páginas se quedaron dentro,
comenzaron a aumentar el número de películas que pedían una interpretación:
y Lieve...

Aún supimos mantenernos, comprender.

Todo cambió con una hiedra (la planté en primavera) al final de un verano.
  
Tardé en darme cuenta:
regresaba allí las tardes nubladas en que Lieve parecía no conocerme:
intentando creer en otras realidades sin dolor:
en que esas tardes nubladas no tenían un significado negativo,
no lograba aprovechar el aire fresco de las tardes aún calientes:
el silencio de esas horas: la luz nublada. 
Removía mis gestos: mis palabras: las torpezas 
mostradas durante la semana: 
incapaz de salir de mi mismo me engañaba pensando que yo estaba allí.

Comencé a distinguir señales
al limpiar el suelo o al mirar las ventanas
que no supe valorar.

Un domingo con sol de invierno, 
después de una semana con Lieve:
día y noche juntos: conversaciones:
proyectos: divergencias: últimas noches juntos:
ya no nos veríamos: otros caminos,
escuché el primer ruido: la primera burla supe:
comprendí las señales, los intentos.

(Continué hablando con Lieve cada día).

Ahora sólo queda esperar:
buscar si es posible la victoria
o la derrota: 
luchar, mientras tanto: 
intentar descifrar la estrategia, el fin:
(aún no comprendo como hemos llegado hasta esto).

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