¿Por qué se ríen las rejas?
¿De qué pretenden burlarse?
¿Qué nombres propios callan?
Sólo dan paso a lo insignificante,
pero ocultan algo.
Quieren engañarme.
Torcidas, oxidadas, inútiles desde hace tiempo,
heridas, rencorosas, me odian desde allí.
Desde la ventana lo veo, desde el salón.
Tengo tanto tiempo como ellas: no podrán engañarme continuamente.
Voy conociendo sus cartas.
Sabrán tanto como yo, pero sabré algo más:
cuando abra las ventanas,
cuando invite a la humedad
y no muestre mis conocimientos sobre corrosión,
(que deseen ser de corten),
y no muestre mis conocimientos sobre corrosión,
(que deseen ser de corten),
cuando me hable Lieve de otras horas,
de nuevos tratamientos,
o invente otros ojos.
Las recuerdo aún cuando llegaron:
cuando buscaban ayudar sin proteger
(nunca les pedí ese cometido).
Los primeros meses fueron bien:
entre el ocio de la novedad y los propósitos de un jardín cuidado:
horas de sol: botellas de agua: alguna comida familiar:
acudiendo a la fresca con una silla, música: la guitarra con sus rejas:
siempre borrachos de vida:
conversaciones que se repetían para ocultar el verdadero motivo de obsesión
(no era necesario nombrarlo).
Las primeras lloviznas nos gustaron:
recuerdo las gotitas brillantes,
el polvo que parecía no existir y desaparecía,
los paraguas cerrados.
El viento y el frío nos distanciaron los meses siguientes.
Novedades que me requerían fuera:
historias inaplazables, el deber:
sonrisas: golpes y frustraciones: ambiciones:
búsquedas: encuentros (una tarde, Lieve):
tramas que ocupaban mi tiempo.
El sol ya no acudía tanto: los descansos,
las páginas se quedaron dentro,
comenzaron a aumentar el número de películas que pedían una interpretación:
y Lieve...
Aún supimos mantenernos, comprender.
Todo cambió con una hiedra (la planté en primavera) al final de un verano.
Tardé en darme cuenta:
regresaba allí las tardes nubladas en que Lieve parecía no conocerme:
intentando creer en otras realidades sin dolor:
en que esas tardes nubladas no tenían un significado negativo,
no lograba aprovechar el aire fresco de las tardes aún calientes:
el silencio de esas horas: la luz nublada.
Removía mis gestos: mis palabras: las torpezas
mostradas durante la semana:
incapaz de salir de mi mismo me engañaba pensando que yo estaba allí.
Comencé a distinguir señales
al limpiar el suelo o al mirar las ventanas
que no supe valorar.
Un domingo con sol de invierno,
después de una semana con Lieve:
día y noche juntos: conversaciones:
proyectos: divergencias: últimas noches juntos:
ya no nos veríamos: otros caminos,
escuché el primer ruido: la primera burla supe:
comprendí las señales, los intentos.
(Continué hablando con Lieve cada día).
Ahora sólo queda esperar:
buscar si es posible la victoria
o la derrota:
luchar, mientras tanto:
intentar descifrar la estrategia, el fin:
(aún no comprendo como hemos llegado hasta esto).
No hay comentarios:
Publicar un comentario