jueves, 10 de noviembre de 2011

Dublín



Nina Persson con veintitrés años, las calles de una barrio de Dublin o un muro junto al río Liffey (entonces aún no pensaba en Estocolmo, por alguna razón que no vamos a intentar conocer; tampoco pensaba en ninguna ciudad alemana, como aquella de la que hablaba W.G. Sebald en su ensayo sobre la destrucción, y no se menciona), el recorrido sin ninguna intención, que no se vaya a hablar de intenciones ahora, aunque llevaba una guitarra a la espalda, cruzado sobre el pecho el tirante, acompañando su límpida mirada de malicia, las nubes con escasa presencia, por una vez, el frío adecuado y todo lo que quedaba de tarde, mientras narraba, divertida, ella, ingeniosa, la noche anterior en el Temple Bar. A eso se dedicaba, mientras, a cada paso. Con el río Liffey al lado o entre las calles de Dublín. Me gustaría mentir con la elegancia de unas medias negras. Pero tampoco lo hago mal, creo. Yo prefiero el despiste o la confusión: como Filippo Bruneleschi, que al construir la cúpula de la catedral de Florencia hizo todo lo posible para ocultar su técnica: durante la construcción los obreros disponían los ladrillos visibles de una forma distinta a la bóveda interna, la que aguanta el peso, y parece que también realizaba señales para despistar. Aún hoy no se conoce la técnica que utilizó, el muy cabrón. En la confusión hay realidad: hay resultados: hay un camino que lleva a la verdad, que cualquiera puede seguir. Tras la mentira puede no haber nada. Tienes mucho aprecio a la verdad, hoy. Bueno, la teoría la he armado sólo para mencionar al italiano, al que conocí esta mañana, por casualidad, en una encilopedia. Me parecía que venía a cuento. Eres un oportunista, y bastante torpe, por cierto. Bueno, no hay que pasarse, sólo era un comentario.

A mí me encanta cómo mientes. Y escucharte. ¿Nos sentamos allí? Deberíamos probar hoy tu voz de lija.

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