martes, 21 de junio de 2011

Sobre la insolencia y el orgullo (otra prueba)

Cuando Alberto Olmos llegó a la estación y no vió a la amiga que lo había invitado a pasar el fin de semana en ese pueblo, decidió meterse en una librería (Fenicia, decía) que se veía desde la estación, en la calle de enfrente. Era más interesante de lo que esperaba y encontró un libro que le vendría bien para ese día, para sus intenciones. Fue a pagarlo. La dependienta, joven, cogió el libro para pasarlo por el lector; lo miraba con ojos inquisidores, como juzgando a Alberto por su elección. En la contraportada había una foto. Es usted el escritor, dijo, afirmando. Sí, es para dárselo a una amiga, un regalo, se me ha ocurrido al ver la librería. Estoy de visita aquí, por ella; acabo de llegar a la estación, dijo señalando, ilustrativamente, a la estación. Ah, dijo la dependienta. No esperaba que hubiese ninguno mío aquí, siguió. ¿Ha escrito usted varios?, le interrumpió, ella. Sí, algunos. Pagó el libro y se despidió. Me vuelvo a la estación a ver si ha llegado ya. Se sentó frente a la librería, desde donde veía la estación, y llamó a su amiga. Le dijo que esperara media hora, que le era imposible llegar antes. Se quedó allí. Disfrutaba imaginando la burla de la dependienta, que suponía mirándolo ahí sentado.

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