Desnuda debes perder mucho, le dije, y no pensaba en otra cosa, diría, esperando que no se ofendiera, por la insinuación, si comprendía, o el insulto, si no era capaz, y continuara con la broma, que me dijera, como me dijo, que no tenía ningún interés en demostrarme lo contrario, mi duda no entraba entre sus preocupaciones, y menos, diría, dijo, ahora, enigmática, y yo insistí, continué, quería oír su ingenio, entrenar el mío, con insistencia absurda, habitual, Evidentemente nunca podrías demostrarme lo contrario, la indiferencia con la que actúas no es más que una prueba de mi acierto, de mi capacidad de entender tus engaños físicos, con los que pretendes ergastular a algún inocente, a un pobre hombre con un único cerebro, son ya muchas horas mirándote, cedí, erré, vi su sonrisa triunfal, atenta, conocedora de cada significado, de cada implicación, y mientras, entre tanta gente, éramos capaces de no chocar, ella con prisa, esperándome, yo persiguiéndola, y nadie sabía escucharnos, ¿Para qué me lo cuentas, si tan seguro estás?, quiso continuar, obviar la victoria, reacia al ingenio fácil no procuró el ingenio, Sólo por el placer de mostrar mi habilidad deductiva, de que se reconozca mi acierto, y ya sólo me quedaba pensar en la conversación, repetirla, disfrutar con la sonrisa, porque teníamos que separarnos, esperar unas horas, Hasta luego, me dijo Cristina, abriendo la puerta...
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