Siempre acabas cayendo en la trampa, Rubén, me dice Gema. Tiene los ojos verdes y está sentada en la mesa en la que aún quedan restos de la tarta que hemos hecho para celebrar su cambio de década. No, no estoy de acuerdo, me dijo, se cambia de década a los quince, a las veinticinco, a los treintaicinco, pero te acepto el juego por la tarta y el regalo, me dijo Gema, que sabe que estoy totalmente en contra de los regalos, sobre todo de darlos y sobre todo cuando no saben ser necesarios, cuando son sólo un gesto y un lastre más que añadir a los lastres que colecciona cada uno por su cuenta. Estamos en Asturias, en casa de sus abuelos, donde hemos pasado estos días de vacaciones. Me gustan los juegos que tenemos Gema y yo, que van mucho más allá de la trama, de los hechos, de los actos físicos, de lo que pueda ser evidente para los demás. Crítica y clínica, pienso sin haber entendido nada de lo que leí en un libro que se titulaba de esa manera. Yo no me hago mucho caso, me dice Gema con una sonrisa muy blanca; hay gente que intenta hacerse bien, hacer cosas que le beneficien, otros prefieren hacerse daño, por lo que sea, y yo mientras me dedico a no hacerme mucho caso. Y no es que no piense en mí, que soy mi tema preferido, sino sólo que vivo sin hacerme mucho caso. Miro a Gema, que se da cuenta que no logra explicarse tan correctamente como le gustaría pero que yo la entiendo, que sé exactamente qué quiere decir. Mientras sigue hablando, con esa voz que jamás me cansaré de escuchar, recogemos la mesa y llevamos los platos sucios a la cocina. Vamos a ver qué están haciendo los otros, dice. Salimos fuera de la casa, donde sus abuelos, sus padres, su hermana y el idiota del inglés, algo perdido, están regando y arreglando el jardín.
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