jueves, 12 de enero de 2017

Espera

Hay una canción de Taylor Swift que me encanta y de la que siempre olvido el título, dice Rubén escribiendo el nombre de la cantante en el buscador. Siempre me acuerdo de Allende cuando la intento encontrar en youtube, de cuando compartía piso con Tomás y ella, que solía cantarla cuando sonaba en la radio o mientras estaba haciendo cosas por el piso. Por cierto, que este verano me encontré con ellos después de casi dos años sin vernos, ahí en la playa. Estuvimos hablando un rato, de cómo les iba en Bélgica, de si se había cruzado algún perro como Beltza, el pastor belga que tenía de pequeña (siempre pregunto tonterías), de que en el verano allí se podía trabajar... Querían convencerme de que se está mejor allí que en Madrid, los muy cabrones. Esta es, dice abriendo el vídeo, en versión acústica. Las guitarras son muy aburridas, como casi todas las guitarras acústicas de los anglosajones, y algunas cosas que hace con la voz la Taylor son un poco coñazo, parecidas a lo que hacía mi gato Hume, que sólo maullaba con la i, Mi-i-i-i, decía, con su escepticismo natural y con mucho más encanto que ella. Además, es tremendamente comercial la canción, pero no está mal. Rubén se calla un momento para que escuche la canción. Yo estoy sentada en el sofá, hojeando un libro mientras me habla, olvidándose, ni cansado ni triste ni culpable. En el pop, una buena canción de una comercial apenas se diferencian por unos cuantos detalles; acaso sólo en la interpretación. Lo que ha hecho Ryan Adams con el último disco de Taylor... aunque lo cierto es que prefiero las versiones originales a las hechas por Ryan, que nunca me ha llegado a gustar lo que hace. La corista del pelo rizado está muy bien, dan ganas de besarla, le digo suavemente. 

Escucha esto, Gema, me dice. La consagración de la primavera. Es la música de la que toma el título la novela que estoy hojeando. Me encantan los primeros compases del ballet de Stravisnky, con esa leve atonalidad, que sacó de una melodía popular rusa; en el resto de la obra aún me pierdo un poco, dice, tengo que escucharla más veces, pero el inicio, no entiendo muy bien por qué, porque hasta me parece un poco insulso, es maravilloso. Deberías escucharla entera, lo mismo te gusta, dice, aunque para la música y comienza a buscar otra vídeo. A Vera, el personaje de la novela de Alejo Carpentier, me la imaginaba parecida a ti, que tienes algo de rusa afrancesada, me dice para molestarme. Uno de los temas del libro quizá sea el de cómo la gente se empeña en mantener su esencia a pesar de los sucesos históricos; aunque a la pobre Vera el siglo pasado le fastidiara un poco su carrera como bailarina, se acaba adaptando a eso sin abondar el ballet del todo. Creo que lo dice por los meses que pasé en Praga o por cómo están las cosas aquí.

Esta creo que ya te la he puesto, la grabé en febrero y no tiene nada que envidiarle a lo que hace Philip Glass. Sé que bromea, que no se toma muy en serio, pero pienso en cómo la gente es o cree ser aquello que se cuenta, que elige contarse. Hoy parece no estar preocupado y se entretiene con la música, con querer mostrarme lo nuevo que ha descubierto estos últimos días o lo que ha grabado, como un niño que le cuenta a su padre lo que ha aprendido en clases y las cosas que ha conseguido hacer. Es muy inocente, Rubén. Sólo son ocho minutos, pero alguna vez he llegado a estar más de una hora haciendo variaciones sobre esos acordes. Me sienta bien escucharla, aunque ya hace tiempo que no la toco por la mierda de que está en otra afinación la guitarra y es un poco coñazo cambiarla.

Todavía es temprano como para empezar a prepararse. Me pongo a mirar el móvil y Rubén sigue poniendo vídeos. Estas piezas de guitarra son sólo textura; para mí todas suenan igual y me dejan la misma sensación que cuando improviso tontamente, aunque creo que tiene un mérito muy grande ser capaz de tocar así, dice. Son fantásticas sobre todo para cuando uno tiene que estudiar o trabajar, ya que te olvidas pronto de ellas.

Ahora me pone una de Tom Waits. La de The Wire. La que suena en la primera temporada es una versión de otro artista, dice. Cuando empecé a ver la serie y escuchaba la canción pensaba que sonaba bastante a Waits, pero la verdad es que no la reconocí. Es de uno de los discos suyos que menos he escuchado, del que sólo me gusta escuchar alguna canción suelta. La versión de la primera temporada es la que más me gusta; más incluso que la de Waits, que tiene unos arreglos un poco distantes. Deberías ver la serie, me dice. Es muy realista; se aprende mucho del mundo actual. Ya, le digo, tú entiendes mucho de drogas y de Baltimore, donde pasaste tu dura infancia, por eso sabes lo realista que es. Recuerdo que me contó que el nombre de su blog viene de Waits y de un texto que escribió mientras esperaba un autobús, y que era una especie de crítica de uno de los discos de Waits. Textos rápidos escritos mientras se espera, era su idea inicial.

Le digo que voy a escribir otro texto como el que hice hace tiempo imitándolo, mientras se ducha y se arregla, que ya va siendo hora y no vaya ser que lleguemos tarde al final. Sonríe y se levanta. No seas mala conmigo, dice. No te preocupes, lo haré tan deslavazado y mal como lo haces en la mayoría de tus textos.

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