sábado, 12 de agosto de 2017

Danubio III

Ya en el restaurante les cuento cómo, después de años sin ir a la playa ni a la piscina, por razones que no merece la pena explicar (a la piscina he tardado incluso otros cinco años en ir, y porque no podía decir que no este año; de las piscinas sí que estoy en contra: no tienen medusas, peces, olas o corrientes de diferentes temperaturas y, además, están llenas de cloro), empecé a soñar con sumergirme en el mar, les expliqué, con la sensación de lanzarme de cabeza y sentirme rodeado de agua. Y eso, recuerdo, a principios del año; no sé, enero, febrero. A la playa no dejé de ir, que de vez en cuando paseábamos por allí, casi nunca en verano, siempre sin bañarme. Pero ese año, y estando en Madrid, empecé a soñar con eso sin ningún tipo de motivo que me llevara a ello; yo que sé, conversaciones, películas o alguna otra cosa así; no hubo nada, simplemente empecé a soñar con el mar, como si se hubiera ido acumulando durante años esa necesidad hasta llegar a un umbral en el que ya no era posible ignorarla. Y claro, el deseo fue creciendo cuanto más cerca estaba el verano. Fue el año que conocí a Gema; quizá tenga algo que ver. Evidentemente, en cuanto pude volví a bañarme, dejándome de tonterías. El verano de las medusas y la publicista, por cierto, Gema, que fui contigo varias días a la playa, no sé si te acuerdas. Desde entonces lo de ir a la playa se ha convertido en el centro de mis veranos otra vez, como de pequeño. Mi abuelo creo que me gana, que, después de más de cincuenta años, este año le dio por bañarse otra vez un día que acompañó a mi primo pequeño a la playa. 

Estábamos hablando de androides, de cuánto pueden llegar a parecerse a un humano o de cómo sería la vida con ellos cuando sean casi como humanos. Lo que quiero decir, les digo después del rodeo argumental que soportan tranquilamente mientras seguimos comiendo los excelentes platos que nos han puesto, es que ese tipo de deseos, probablemente los más interesantes, que surgen no como algo simplemente casual sino consistente con la historia propia, aunque sea de forma inesperada, jamás podrían introducirse en un androide. ¿Cómo programar eso sin que sea algo elegido previamente ni tampoco aleatorio, que aparezca de forma propia con los sucesos que haya soportado cada androide?, pregunto sin esperar respuestas. El inglés, que al contrario que a mí le apasionan mucho todas estas cosas, continúa con su argumentación cuando termino. Habla de Westworld, de que pase el tiempo suficiente, de que no haya un colapso de la civilización. Ah, digo, tú también te has leído ese libro. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario