Gema mira el río con la fijación habitual con la que mira siempre el agua. Yo la miro a ella o disimulo, apoyado en la barandilla que nos separa del río, mirando los edificios que hay en la otra orilla o siguiendo con la mirada los barcos que de vez en cuando pasan por delante. Irene, su hermana, parece buscar ángulos inesperados con su cámara como si fuera una tenista intentando sorprender a su rival; incluso la ropa - una falda corta, veraniega, blanca- y las zapatillas parecen confirmar mi impresión. El capullo del inglés está liándose un cigarrillo en un banco cercano. Hemos hecho una parada después de haber caminado durante toda la mañana por las calles de la ciudad -entrando en iglesias, museos, pasando por plazas- con un tiempo veraniego bastante agradable. El cielo, despejado, está completamente azul. La idea es, dijimos, buscar ahora un sitio donde comer; por eso el inglés, una vez que se ha terminado el cigarrillo, saca un plano para encontrar o elegir el camino que nos lleve a la calle donde está el restaurante que nos han recomendado esta mañana unos simpáticos murcianos que nos hemos encontrado a la salida del hotel y con los que ha hablado el inglés, lo que nos llevó a descubrir que nosotros, Gema, Irene y yo, compartimos la manía de evitar hablar con españoles en el extranjero. Irene se sienta a su lado y le dice algo que no llego a escuchar mientras revisa en la cámara las fotos que ha estado haciendo. Gema, a la que no le hacía mucha ilusión este viaje (tráete a tu amigo o novio o lo que sea, si quieres, pero me gustaría que hiciéramos un viaje juntas, que hace mucho que no lo hacemos y sólo serán tres días, le dijo su hermana intentando convencerla mientras Gema valoraba la propuesta con un gesto bastante escéptico en el rostro), aprovecha para decirme que la verdad es que se lo está pasando bien. Estas cosas siempre se disfrutan, me dice. Yo lo disfruto todo siempre, porque se puede disfrutar de muchas maneras, con la repetición, con lo nuevo, con las pequeñas variaciones, con lo aburrido, hasta con el sufrimiento. Los mejores recuerdos que tengo de mis veranos siempre vienen del aburrimiento, de las largas tardes de verano, calurosas, en el pueblo leonés de mi abuelo. Lo que prefiero en verano es la posibilidad de que aparezca el aburrimiento y no tener que adecentarme todos los días; los planes, para el resto del año. Pero no pasa nada por tener unos días ocupados, me dijo al invitarme a venir. La imaginé niña, adolescente, con pantalones cortos, zapatillas estropeadas y sucias, las piernas manchadas de tierra y marcadas por heridas y rasguños, las uñas de las manos también llenas de tierra, persiguiendo gatos, pájaros o puteando insectos por calles aplastadas por el sol, vacías, o cerca de un río, una alberca o una piscina o lo que quiera que haya en ese pueblo leonés; o sentada en el suelo, apoyando las piernas en una pared blanca con una libreta o un libro cerrados junto a ella; la imaginé, quizá, como si tuviera mi pasado, porque me recuerda a mí y hay demasiadas cosas de las que no le gusta hablar, así que completé con lo que tenía más a mano mi escasa imaginación de esos días. No creo que sea sólo por nostalgia del aburrimiento, me siguió contando aquel día, con un daiquiri, ella, y un bourbon, yo, en una terraza del centro de Madrid, por ese aburrimiento -que no tenía nada que ver con un hastío ante cualquiera de las posibilidades de la vida- de cuando aún no tenía ni ordenador, sino por lo que acababa siempre por aparecer debido a ese aburrimiento, los juegos, las conversaciones, las ideas, las sensaciones, quizá, las cosas creativas infantiles que hacía entonces, dibujos, manualidades, con mi hermana o mis primos a los que sólo veía en verano. Los momentos luminosos, dijo como citando a Levrero; esa sensación que provocaba el verano de estar como fuera del mundo o del tiempo. Eso me lo cargo ahora un poco con exceso de lectura y con internet, pero intento que algo quede. Soy demasiado nostálgica, no lo voy a negar, y tampoco voy a negar que busque demasiado la infancia en mis veranos en lugar de renovarme, me dijo. Y el inglés, me dice ahora con la vista puesta en el río, quizá no sea tan capullo como insisto en recordar siempre.
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