“Ese es el riesgo, claro, cuando nos exponemos a las miradas de esas criaturas complicadas
y atractivas que son las personas inteligentes: que atan cabos, que aciertan, que no se olvidan”.
Me gustaría gustarle de algún modo, que sintiera una especie de interés puramente humano por mí, le dije a Gema, como también me gustaría gustarle a Mónica, a Íñigo, a Uve, a Basteiro o a alguno más de los desconocidos a los que sigo. Imagino a Gema aún en el autobús de camino a Asturias mientras ella, Clarice, está conmigo, mirándome mientras le explico cosas torpemente y pienso en eso que le dije a Gema. Como aquellos vídeos que colgaba en instagram de gente anónima con la que coincidía en el metro o los autobuses, le expliqué. Estoy con ella y pienso en eso, en que me vea de esa manera, le decía a Gema, con esa elegancia con la que usa las imágenes. Antes de conocerla pensaba, sin darle mucha importancia, en la posibilidad de cruzarme con ella y que me hiciera una foto de manera indiscreta. De pequeño quería ser personaje de novela, por ser descrito por un escritor, por ser explicado por las palabras de alguien inteligente, algo parecido a eso: me gusta que me observen las personas inteligentes, le decía a Gema; con la idea que tengo de inteligencia yo, ya sabes. Me habla Clarice de una chica que sube canciones a internet y también me gustaría que fuera capaz de hablar así de mí, que cuando yo me vaya y se quede con su compañera de piso hable de mí de forma parecida, ahora que ya no podré ser una persona anónima que aparezca en una de sus fotos ajeno y descuidado. Pero no, como siempre, soy incapaz de creer que haya alguien que hable de mí, que piense en mí (y siempre me causa estupor cuando comprendo que me equivoco, que puede pasar). Donde no estoy no existo. Eso son cosas imposibles, pienso siempre. Gustarle como me gusta ella, sin querer mucho más que eso, como quien contempla una película que le gusta, intenté enrevesadamente explicarle a Gema cuando íbamos juntos a la estación de metro. Es la segunda vez que quedamos y me dice que podríamos quedar todas las semanas, así que al menos algo de utilidad le ve a mis clases y esta vez no le ha dado vergüenza ponerse a cantar, y mientras guardamos las guitarras pienso que la envidio, que me gustaría ver el mundo como ella y no con la triste ridiculez de mis pensamientos, de mis comentarios banales, ceñidos a lo que no tiene encanto, y al bajar las escaleras de su piso sigo pensando en lo extraño que me resulta siempre todo.
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