jueves, 4 de mayo de 2017

Apocalipsis más tarde

Más tarde, en veinte años, cuando llegue a los cincuenta, cuando todavía sea una mujer fuerte pero ya esté menos interesada en tener algo parecido a un proyecto de vida y probablemente no me preocupe en absoluto mantener mi pasado, si es que alguna vez he estado interesada en eso, entonces, en ese momento, me parecería estupendo que llegase un apocalipsis, me dice Gema, que mientras habla se arregla el pelo con los dos brazos levantados y sin hacerme mucho caso; habla para molestar y sabe que me encanta escucharla. Un apocalipsis energético creo que sería la mejor opción, porque algo que tuviera que ver con enfermedades o catástrofes medioambientales convertiría la supervivencia en algo demasiado aleatorio, y lo que más me interesaría de un apocalipsis sería el desarrollo intelectual, el placer de enfrentarse a problemas que pudiera resolver con mis recursos cercanos y mi inteligencia. Y mi fortaleza, y el placer físico de las soluciones, que, por supuesto, ninguna sería intelectual, todas serían físicas, quiero decir finalmente físicas: acopio de materiales, cortar leña, plantar cebollinos, vencer a los maleantes, pasar las tardes jugando con barro y paredes pintables. Lo importante sería huir a un sitio adecuado desde el comienzo. Recuerda que no hay electricidad, no hay coches, sólo queda lo cercano. No me imagino nada especial, un apocalipsis de esos de cualquier película o serie mala. La decadencia, la aparición de ruinas, la supervivencia, los instintos que se confunden, la falta de recursos, la economía en su más fantástica expresión... Qué feliz sería. En fin, si me cuido es únicamente para eso, para llegar en buen estado a ese bello momento y poder sacarle todo el partido posible a una existencia en esas condiciones, me dice mientras saca una cabeza de ajos negros de una bolsa que guardaba en la mochila. Acababa de llegar al piso, un poco sedienta, un poco alocada, con ganas de hablar y no dejarme leer. Una tienda de ajos negros, ahí al lado, por Raimundo Fernández Villaverde, más o menos a la altura de la librería de segunda mano, pero por detrás, me dice sonriendo. Se sienta en el sofá y me acerca el ajo negro. Para que lo pruebes, que seguro que te gusta. 

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