viernes, 11 de agosto de 2017

Danubio II

Y el inglés, que parece que ya ha terminado de descifrar el plano o de aclarar sus ideas o de hablar con Irene de las fotos, nos llama. Yo me acerco sin reticencias y a Gema le tenemos que insistir un poco para que deje de mirar magnéticamente al río. Nos dice, mientras se acerca Gema, que la calle no está muy lejos y que le parece buena opción que vayamos allí para comer, al restaurante que nos recomendaron los murcianos; lo dice dibujando con el dedo la trayectoria sobre el plano, como arrasando todo lo que hay en medio, pienso. Irene, siempre agradable y entusiasta, dice que le parece buena opción; yo asiento, sin decir nada; Gema suelta uno de sus vale que podrían significar cualquier cosa pero que siempre terminamos por considerar como una aceptación. Hambrientos e imaginando la posible comida, nos dirigimos a esa calle confiando en las indicaciones que nos da el inglés, atento siempre al plano y disfrutando del siglo veinte, los cuatro ajenos a la posibilidad de ayudarnos de mapas digitales y satélites. El inglés se adelanta un poco, contento en su papel de guía, y nos quedamos detrás Gema, Irene y yo, hablando, primero de comida -algo que yo sólo soporto cuando tengo hambre por un misteriosa razón psicológica o incluso física-, y después, al cruzarnos con una pareja de un erotismo demasiado evidente, Gema dice que le cuesta no imaginarse la vida sexual de los demás. Soy incapaz de no imaginarme la vida sexual de los demás, dice. De todos, incluso de gente que no me atrae, como esos dos que nos acabamos de cruzar, tan evidentes y aburridos. Posturas, gestos, vocabularios, la timidez o vergüenza que son capaces de ocultar, el atrevimiento, luces, música, me lo invento todo, y, como tengo ya demostrado, con una total falta de intuición y acierto alarmantes... que me alarma, quiero decir, dice Gema, y contrasta con lo bien que suelo entender a la gente en aspectos menos íntimos, más sociales, en anticipar decisiones, imaginar gustos o parejas, con una comprensión alarmante... asombrosa por lo acertada, quiero decir, mi comprensión. Hay algo en la intimidad de los demás que siempre acaba por descolocarme cuando no los conozco demasiado. Irene no dice nada, pero tiene gesto, pienso, de estar pensando cómo se la imaginará Gema. No sé si te has cruzado con los de la habitación de al lado del hotel, me dice a mí, que tampoco digo nada, esa parejita un poco sosa, apagada... ni joven ni enérgicos, a pesar de la edad... y luego esta noche, Irene, por suerte en otro idioma, creo que en sueco, se lo han pasado estupendamente... como el compañero de piso de tu amigo aquel, Ru, que se traía casi cada noche a alguna distinta y no escatimaba en lenguaje y otras cosas... Lo que tiene más delito, que tu amigo lo escuchaba todos los días y luego, además, tenía que cruzarse con él. Aunque a tu amigo parecía no importarle demasiado, era bastante tranquilo para esas cosas, no como tú. Lo que decía, que no esperaba yo de la parejita del hotel que fueran a disfrutar de esa manera, dice cuando llegamos a un semáforo y nos reagrupamos con el inglés. Dos calles más y llegamos, dice. 

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