sábado, 14 de febrero de 2015

Café



Me ha dado ahora por el café, dice Gema cogiendo la taza con sus manos de uñas pintadas, después de tanto tiempo, y una sonrisa que me hace pensar que lo que quiere decir es otra cosa, aunque no continúa. Yo la miro mientras muevo la cucharilla en mi taza. ¿Por qué me miras así?, escucho que no dice. Tiene los mismos ojos de siempre, bajo sus cejas perfectas, y el pelo aún largo, y la bella insolencia de quien sigue creyendo en lo mismo con la misma fuerza. Me encanta no entenderla del todo y mientras permanece callada, mientras mira algo en el móvil, en contra de su costumbre de no usarlo en lugares públicos ni cuando está con alguien, recorro las opciones probables, los cambios de estas semanas, lo que no me ha contado. Deja el móvil sobre el libro que hemos venido a buscar, junto a la taza, y apoya los brazos en la mesa. Había estado habladora mientras íbamos a por el libro, hablando de lo que había leído de él, de la autora, teorizando con mucha alegría. Luego disminuyó las palabras, y ahora es ella quien me mira, quien mantiene la mirada fija en mí sin decir nada, sin parecer acusadora. Comienzo a hablarle en general, como si me hubiera pedido explicaciones, los falsos insomnios de las últimas semanas (no es que no duerma, le digo, ni que esté hasta las tantas despierto, es sólo que me despierto a esas horas con una lucidez insoportable e intento aprovecharla soltando gilipolleces en tuiter), el nombre callado, la sensación de haber vuelto a hacerlo mal, de que las cosas vayan a acabar donde no me gustaría que acabaran. Creo que tu amistad, le digo, es lo único que he hecho bien en todos estos años. Normalmente no me preocupo mucho de mí, pero cuando algo te importa y crees que no ha ido bien en cierto modo por lo que eres... Hay una palabra en checo que lo define muy bien. Y luego el futuro incierto que llevo posponiendo desde hace tiempo.

En una plaza de Lisboa, el verano que pasé en Portugal, un par de años antes de conocerte, con una de mis amigas de la universidad, con Bea, no sé si te lo he contado antes, una de esas tardes que salíamos temprano a dar una vuelta y luego íbamos a cenar a algún lugar escondido y llegábamos a las tantas al piso, normalmente solas y medio borrachas (qué poco ligamos aquel verano), y cantando malamente en portugués, fue un verano fantástico, dice sonriendo Gema, había una chica de unos treinta años sentada en un banco, fumando, sola, con un libro puesto al lado sobre una pequeña mochila. Era delgada, algún pendiente de más, con un rostro agradable, incluso guapa, diría. No tenía los ojos verdes,  no. A Bea, que le hacía falta un mechero, le dio por acercarse a pedirle fuego. Yo, como siempre, intenté leer el título del libro mientras Bea empezó a hablar con ella después de pedirle fuego. Resulta que era española, que estaba leyendo a Onetti (es lo mejor que se puede leer en verano, aunque no lo parezca: tiene prosa de tarde de verano interminable y pegajosa) y que se llamaba Diana. A Bea le cayó bien y la invitó a que viniera a tomarse un café con nosotras. Pero no quiso, dijo que estaba esperando, y sacó de su mochila una cámara de fotos. Todos los jueves, dijo, a una hora variable, cuando ya no da el sol directamente en la plaza, aparece un perrito pequeño que se da una vuelta por la plaza, rodeando siempre el olivo del centro, y a veces se acerca alegremente a mí y lo acaricio durante un rato. Le gusta mucho acercarse a la gente y, no sé, siempre veo la oportunidad de hacerle una foto que considero que merece la pena. Al final la convencimos y aceptó quedar para ir a cenar luego, pero se quedó esperando al perro, al que nosotras no llegamos a ver porque seguimos caminando. La verdad es que quedamos con ella unas cuantas veces más aquel verano, y aún hablamos de vez en cuando. Sigue allí en Lisboa, según pone en su facebook, donde aún tiene una foto del perro como portada. Creo que lo buscaba era encontrar la foto perfecta del perro, que ella creía que allí estaba algo así como un aboluto de esos literarios que hay por ahí, como la ola perfecta que quería pintar algún personaje de Onettí, y acudía allí, quizá engañándose o quizá totalmente consciente de que no servía para nada, con la esperanza de alcanzar a fotografíar ese momento.

Gema calla de nuevo. Me has recordado a Diana, dice mientras guarda el móvil y el libro en el bolso. Nos levantamos. Podríamos seguir un rato más dando vueltas por el centro, dice. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario