Nos sentamos sobre unas piedras, bajo un árbol, y sacamos de las mochilas los bocadillos y las botellas de agua. Hacía tiempo que no venía por aquí, a ver el río Blanco y el río Verde juntándose amistosamente en Otívar City. Estamos otra vez al inicio, después de haber subido por el río, saltando o escalando por rocas, bañándonos en las pozas, viendo a algunos saltar desde más de diez metros de altura, y de haber bajado, saltando o resbalando por rocas, con más o menos elegancia, bañándonos en las pozas y saltando desde más de cinco metros a algunas de ellas. El agua estaba fría, perfecta contra el calor. Antes de irnos nos damos otro baño, le digo a Gema, se está muy bien dentro del agua. Gema me mira. En sus ojos verdes veo las pozas y acaso imagino que son lo mismo, aunque no le digo nada. Tiene el pelo, húmedo, recogido en una pequeña coleta. Está sin camiseta, con el bikini mojado puesto, aunque sí se ha puesto los vaqueros cortos, ajustados a sus piernas, y las zapatillas blancas, viejas, manchadas de tierra y barro.
Qué azul es el mar sin ti, digo mientras miro cómo unos niños se lanzan gritando dentro de las aguas cristalinas del río. Esa certeza de que las cosas, el mundo, lo bueno, lo bonito, lo malo también, van a seguir igual estemos o no peleados. Darse cuenta de eso, contra el dramatismo o el malestar innecesario. Hace frío sin ti, pero se vive, también vale eso. Mucho frío no tendrás ahora con tanta ola de calor, dice Gema riéndose de mí. La cosa es que notaría el mar más azul si no estuviera pensando en haberla cagado y en las posibles conversaciones que podríamos tener, en lo que voy a decirle cuando sea el momento adecuado o en qué quedará todo. Lo mucho que afecta a nuestra percepción lo que uno siente, a eso me refiero... Voy de una idea a otra según me encuentro, digo, aunque me divierto más con la primera. Hay demasiadas cosas...
Gema ya se ha acabado el bocadillo y se lleva la cámara para hacer fotos desde diferentes sitios mientras yo termino de comer. Con la bien que has estado todo el día, y ahora a darme el coñazo otra vez con tu amiga y la amistad y las canciones y no sé qué de la fenomenología, dice al levantarse con su sonrisa de niña mala. Un perro se me acerca y le toco la cabeza. Veo que Gema nos hace una foto, ya desde lejos. Luego se pone a hablar con lo que creo que son los dueños del perro, al que le he caído bien, como a la mayoría de perros, pues se mantiene junto a mí sin moverse, aunque no parece muy interesado en hablar. Finalmente me levanto también y el perro me acompaña a hablar con Gema y sus dueños. Hablaban del calor, probablemente habían estado hablando del río, de las aguas, de lo bonito del sitio, y comenzamos a hablar del perro cuando llego. Le he caído bien, digo. Al acabar la conversación, convenzo a Gema de darnos el último baño antes de irnos. Nos lanzamos juntos al agua.
Qué azul es el mar sin ti, digo mientras miro cómo unos niños se lanzan gritando dentro de las aguas cristalinas del río. Esa certeza de que las cosas, el mundo, lo bueno, lo bonito, lo malo también, van a seguir igual estemos o no peleados. Darse cuenta de eso, contra el dramatismo o el malestar innecesario. Hace frío sin ti, pero se vive, también vale eso. Mucho frío no tendrás ahora con tanta ola de calor, dice Gema riéndose de mí. La cosa es que notaría el mar más azul si no estuviera pensando en haberla cagado y en las posibles conversaciones que podríamos tener, en lo que voy a decirle cuando sea el momento adecuado o en qué quedará todo. Lo mucho que afecta a nuestra percepción lo que uno siente, a eso me refiero... Voy de una idea a otra según me encuentro, digo, aunque me divierto más con la primera. Hay demasiadas cosas...
Gema ya se ha acabado el bocadillo y se lleva la cámara para hacer fotos desde diferentes sitios mientras yo termino de comer. Con la bien que has estado todo el día, y ahora a darme el coñazo otra vez con tu amiga y la amistad y las canciones y no sé qué de la fenomenología, dice al levantarse con su sonrisa de niña mala. Un perro se me acerca y le toco la cabeza. Veo que Gema nos hace una foto, ya desde lejos. Luego se pone a hablar con lo que creo que son los dueños del perro, al que le he caído bien, como a la mayoría de perros, pues se mantiene junto a mí sin moverse, aunque no parece muy interesado en hablar. Finalmente me levanto también y el perro me acompaña a hablar con Gema y sus dueños. Hablaban del calor, probablemente habían estado hablando del río, de las aguas, de lo bonito del sitio, y comenzamos a hablar del perro cuando llego. Le he caído bien, digo. Al acabar la conversación, convenzo a Gema de darnos el último baño antes de irnos. Nos lanzamos juntos al agua.
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