domingo, 5 de julio de 2015

Mañana





Todavía no es mañana, Ru, espérate un poco, dice Gema, menos ansiosa, con menos ganas de ver lo que pueda ocurrir mañana (porque yo ando torpemente esperando un mensaje, un cambio, y ella, mañana, sólo espera dormir, o, si acaso, cambiar ella su vida sin depender de nada, como ha hecho siempre, o hacer unas cuantas cosas con su tranquilidad habitual, su engañosa serenidad, su constante encanto), pero yo, por una vez, le doy la victoria al calor, por dársela a alguien o por las copas de más, y decido empezar el día, ahora, con el sol, al que saludaré cuando finalmente asome, sin oír las palabras de Gema de regresar al piso, de dormir antes, que empiece el día así, me digo, y luego ya veré cuándo acaba. Dudo de lo que pienso y pienso muchas cosas, con esa palabra (algún día pronunciaré bien su nombre) que funciona como tónica o, más bien, como altura focal, por la falta de armonía de lo que pienso, a la que continuamente recurro como meta o partida de no sé muy bien qué, como el pensamiento de un instrumentista que improvisa sobre notas que sólo conoce después de tocarlas. Ahí está el abismo, asomando, pienso, en cada nota. Nos sentamos, Gema y yo, en un banco; miro el cielo que parece partido en dos mitades, con el sol anunciándose en un extremo. Ahora viene, digo, estoy seguro. A veces acierto y el sol, después de unos minutos, acaba por salir, lo que me obliga a confiar en el resto de mis ideas, por un vago principio de inducción. Gema ha decido no hacerme caso y cierra los ojos, cuando acabes me despiertas, dice, no tardes mucho. No hay nadie, ni más borrachos con su orgullo, ni madrugadores, ni perros en busca de lluvia (no recuerdo perros vagabundos en esta ciudad, todos acompañados, siempre). Así que estoy solo, me digo, en esta ciudad abandonada, en ruinas después de una fiesta que acabó con todos, no intento pensar de qué forma, último espécimen de esta civilización que añora a un muchacha en lugar de preocuparse por una ciudad que se derrumba, quiero decir, en ruinas, ya derrumbada. Las tierras arrasadas. Me come el tiempo: el pasado, pesado como una pirámide, y el futuro por todas partes. Y sigo pensando en los mismo, en lo que ha pasado, en lo que no ha pasado, en lo que no he hecho, aunque no importen mis veintisiete años si no hay nadie que los cuente. Y el sol sin preocuparse de nada. Tú y yo, no hay nada más en esta ciudad, le concedo mientras me ilumina, y lo saludo. Sonríe como un niño, el sol, con sus ansias del alba (lo veo con prisa). No fue la falta de recursos, el cambio climático, una llegada masiva de extranjeros salvajes o las luchas interiores en pos de una cierta moralidad o de un aumento de riqueza. Ni idea de lo que ha sido, le digo, pero seguro que no ha sido nada de eso. Saco el móvil, para desviarme de mí, y no hay ningún mensaje. Aún funciona, como si no hubiera desaparecido esta civilización, pienso, después de abrir algunas aplicaciones. El sol se ríe. Por la esquina aparece otro superviviente, y recuerdo que tengo a Gema al lado, medio dormida, o simulando dormir, lo que me resta exclusividad en estas ruinas; ya no soy el último, podremos luchar por la supervivencia.

Me voy despejando con el sol, si hubiera agua por aquí incluso dejaría de pensar tonterías, pienso. Otra superviviente, por ese lado, y se acerca, además, hacia nosotros. Tiene nombre, dice, preguntando por una calle. Se llama Iben y es completamente danesa físicamente, salvo las manos, que se parecen a las de mi amiga, por lo que deben ser del mismo sitio que las de mi amiga, cosa que me niega reiteradamente cuando se lo comento. Son también de Dinamarca, dice con su bonito español. Gema, al escucharla, se levanta, y dice que podemos acompañarla, que le será más fácil así llegar a la calle y no haciendo caso a mis explicaciones, y se inventa que nos coge de camino. Así que vamos hacia esa calle y nos cruzamos con más supervivientes, con lo que empiezo a dudar sobre el fin de la civilización, en todos los sentidos.

Iben y Gema hablan de Copenhage, donde estuvo Gema hace algunos años, hasta que yo decido preguntarle qué hace aquí, en esta ciudad que se levanta de sus ruinas, digo. Iben ignora las partes raras de mi pregunta y nos cuenta que vive en Pamplona (ya decía yo) desde hace tres años y que trabaja para un diseñador de moda, preparando diseños, que a Madrid sólo ha venido de visita unos días, con su novio, de Burgos, que debe andar durmiendo en el hotel, dice. Queríamos salir de Pamplona estos sanfermines, y pensamos que estaría bien venir a Madrid. Lo cierto es que estamos algo peleados, dice, quizá por la confianza que le ofrece Gema, que parece que hubiera dormido toda la noche y muestra su mejor simpatía. Ayer fuimos a cenar juntos y después nos separamos, cada uno por su lado. Nos conocimos hace dos años, un día que él vino a hacer un entrevista a mi jefe, para un artículo en una revista. Es fotógrafo. Yo estaba fumando en la entrada y él me hizo unas preguntas y hablamos un rato. Unos días después nos cruzamos en una calle y nos fuimos a tomar algo. Él se habrá pasado la noche haciendo fotos y luego viéndolas en el portátil, eligiendo y borrando. Sobre todo borrando. Hacer fotos y borrar, siempre está así. Le gusta borrar. Sobre todo mis fotos. Últimamente siempre borra mis fotos. No sé qué busca, me hace fotos todos los días y las borra, dice Iben contrariada, con cierto estupor, y no me explica nada. Tenía ganas de decirlo, parece. La imagino, a Iben, habiendo pasado toda la noche dando vueltas, mirando, sin hablar con nadie. O quizá todo lo contrario, inventando su vida ante desconocidos.

Estamos ya enfrente del hotel y nos despedimos. Gema le dice algunas cosas que no llego a entender muy bien, porque me pongo a mirar el móvil, las notificaciones, alguna foto de perfil variada, los gestos inútiles de acercamiento. Les hago una foto sin que se den cuenta antes de que nos separamos. Ya sí que es mañana, Gema, le digo, y continuamos andando.



...imagino que nadie leerá con tanta atención y suspicacia este texto como para fijarse que está ambientado en la fiesta del Orgullo Gay, pero para que no haya malentendidos diré que es sólo anecdótico (porque yo aquí consigno ciertas realidades que sólo yo puedo entender y me sirven para recordarme) y que lo delirios del personaje, las ruinas, son sólo ideas que conjugan el estado interior del personaje, la borrachera y el recuerdo de la amiga, con la imagen de la ciudad en ese momento y ciertas lecturas complementarias que no se mencionan pero guían las ideas del personaje...

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