jueves, 22 de octubre de 2015

Los pasos perdidos


Ayer estuve un rato hablando con una chica de estas que te acosan por la calle con su carpetas y chalecos y sus buenas intenciones, me cuenta Gema. A mi últimamente me toman por andaluz, joven y simpático cuando me paro a hablar con ellos, digo. Italo-filipina, sigue Gema, criada en España, y estaba viviendo en Nueva Orleans cuando lo del Katrina. Ya sabes el interés que tengo por Nueva Orleans y las inundaciones, aunque tampoco pudo contarme mucho, que tenía sólo diez años cuando ocurrió y no estaba en Nueva Orleans cuando lo peor de la inundaciones, que huyeron antes de que empezara. A la vuelta, siguiendo las huellas de un perro en un descampado cerca de donde vivía, acabó perdiéndose por las calles de la ciudad. Luego supo regresar ella sola a su casa varias horas después, a punto de que a su madre y a su hermano mayor les diera un ataque. Creo que es uno de los mejores recuerdos de mi infancia, esa sensación de libertad que sentí al perderme, me dijo la chica. Porque no sentí miedo o desesperación, yo iba pensando en mis cosas, sin preocuparme, descubriendo un nuevo mundo, o el mismo visto de otra manera, yo que sé, hasta que decidí volver, y aunque hubiera perdido mis pasos, aunque acabé regresando casi por suerte, porque no tenía muy claro el camino, yo seguía con la misma sensación de libertad, sin ningún tipo de preocupación. La verdad es que me gusta definir el capitalismo como el sistema que hace que tengamos que preocuparnos de gilipolleces, y por eso estoy aquí, intentando que al menos algunos cambien algunas de sus preocupaciones por otras más dignas. Pero lo que decía, lo de perderme... desde entonces me encanta perderme por las ciudades, deambular por ellas sin rumbo fijo. Algún otro susto más ha tenido que soportar mi familia. Yo me puse, me dice Gema, a hablarle de Las palmeras salvajes, del Mississippi y de Fats Domino, y de la novela de Jean Rhys, desviándome a otros lugares. El caso es que me pareció simpática y por eso me paré a hablar con ella. Parece que tenía un mal día, que no había logrado que nadie se parara a escucharla. Hay tantos que pasan de mí, que huyen, me decía la chica. Quizá sea sólo el encanto, eso que no es ni belleza ni inteligencia, y que cada uno lo ve como quiere, pero que hace que dos personas haciendo lo mismo a una le quede bien y a otra no. Lo que distingue a dos personas contando el mismo chiste con las mismas palabras, el puto encanto. Lo que no se puede explicar. El encantamiento. Siempre he pensado que el problema de mi vida es mi falta de encanto; si tuviera más encanto se pararían todos a los que ataco por aquí. Quizá no tenga nada que ver en esta situación, en la que hay otros factores; que antes de acercarse, de verme, de fijarse en mí, ya me están evitando. Pero no quiero hablarte de mi vida, que tampoco me va tan mal, mejor será que te hable de otros que necesitan de verdad ayuda. Será sólo un minuto, y te contaré cosas interesantes, me dijo. Y con ese vida exótica no me resistí a hacerle preguntas, y en vez de hablar sólo de esas cosas, hablamos de ella. A mi me resultó encantadora todo el rato que estuvimos hablando. Probablemente estuviera pensando en alguien concreto al decirme eso, quién sabe, para descargar o lo que sea. No sentirse la persona adecuada es muy jodido, ya sabes. Está estudiando arte y descubriendo Madrid con sus ojos de artista, con mucho entusiasmo, la chica, que tiene instagram lleno de sonrisas y de fotos de sitios, museos, iglesias de Madrid, #recorremadridconlaura, pone. Aunque me joda, Madrid está lleno de iglesias muy coquetas que aparecen sin avisar en cualquier calle, la verdad. También me hizo gracia que, para convencerme, me preguntara si tenía algún vicio, la insolente, como intentando justificar que sería mucho menor gasto que el del vicio. No lo había pensado nunca, pero no tengo ningún vicio que me cueste dinero. Creo que ni tengo, que nada de lo que hago lo puedo considerar así, porque no llegan a ser costumbre. Soy perfecta, ya lo sabes, dice Gema bromeando.

Estamos tomando café en una terraza. Gema tiene una libreta abierta, donde de vez en cuando apunta algo que no quiere decirme qué es. Tiene aspecto de periodista preparando un artículo o una entrevista. Está con ganas de hablar, además, y cuando acaba con la italo-filipina, quizá pensando erróneamente que no la escucho, que estoy pensando de nuevo en ella sin hacerle caso, me dice que no puedo seguir de ese modo, que la espera es el fin y estar así es casi lo mismo que perderla como amiga, si dices que es lo que más te importa. Lo que decía Camus, que lo otro es una simple desventura; es decir, que no me quiera es lo de menos, que deje de ser mi amiga, o que sea sólo una amiga muy poco presente, es una prueba de mi fracaso, de que tengo que cambiar muchas cosas, de que no valgo nada. Mi mundo es mucho más feo sin ella, con lo maravilloso que ha sido conocerla. Gracias Rubén por lo poco que te importa nuestra amistad, me dice Gema en broma por mi exageración. Habla con ella, que no creo que te odie, aunque a veces seas un poco capullo, Ru, y habría que ver las historias que te montas en tu cabeza. Joder, es que no dejo de darle vueltas a esos dos días y a lo poco que nos hemos dicho después. No sé en qué coño estaba pensando yo. Sentirme necesario para ella de algún modo, el que fuera. Gema parece que se pone a hacer garabatos ahora, con un boli negro que ha sacado de su bolso. Me gustan las manos de Gema y cómo coge el boli. Callamos un momento y luego dice que deberíamos volver al piso dando una vuelta por las calles, paseando tranquilamente, que seguro que nos asalta una de esas iglesias repentinas. Me acerca la libreta para enseñarme el dibujo, con el nombre de ella escrito al lado. En ese, ¿no?, me dice. Después se arregla el pelo con las dos manos a la vez y guarda las cosas en el bolso.


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