sábado, 27 de junio de 2015

Noche

No te has enterado de nada, Ru, me dice Gema dándome su opinión sobre la película, totalmente contraria a las tres o cuatro frases con las que intenté explicarla. Siempre has sido más perspicaz que yo, le digo dándole, además, parte de razón a sus ideas. Estamos ya en la calle y decidimos ir al centro a tomar algo. Debo ser de las pocas personas que conozco a las que le gusta Madrid con calor, digo mientras andamos, sobre todo a estas horas. Aunque la verdad es que preferiría estar en algún pequeño pueblo por el norte o por el sur, ya sabes. Gema va veraniega, como una joven más, con pantalones cortos y sandalias (por primera vez desde que la conozco, yo que pensaba que odiaba tanto esa palabra como yo), y una camiseta blanca. Yo también llevo una camiseta clara. Unos pantalones grises. Me gusto, incluso, al verme en los reflejos de los cristales, con Gema, o en algunas miradas que pasan un poco de largo.

Ahí están las calles que vamos pasando, con sus nombres, con la gente que nunca conoceré, con coches, con luces encendidas. Pero seguimos, por callejuelas, hasta decidirnos por un local. Seguro que me cambiabas ahora mismo por tu amiga, dice Gema, burlona, mientra nos sentamos. Tanqueray (esta palabra sí me gusta), pide cuando llega el camarero, y yo, por cambiar mi monotema, le hablo de un hondureño con el que hablé el otro día. Ayer acompañé a un hondureño que andaba un poco perdido hasta una plaza, digo. Amabilidad no me falta, creo. O con esa sensación se fue, el hondureño. Mientras andábamos hablamos un poco, claro, las bases. Al explicarle lo que hago, como siempre que se lo explico a un desconocido, tuve la sensación de que tenía que aparecer el asombro del otro (lo hizo, en cierto modo; él era de políticas, además, sin idea de números), y que eso me sitúa por encima de alguna extraña manera. Y mira que no estoy nada de acuerdo en ello, que no creo en esas clases de superioridades, pero la sensación aparece, un poco orgullosa. Tendría que mentir más a menudo, inventarme nuevas profesiones para este tipo de encuentros, pero tengo un curioso apego a la verdad (menos cuando escribo). A pesar de parecerme bastante a lo que alguna vez quise ser, ese conjunto etéreo y variado de pensamientos infantiles que recuerdo con más o menos certeza, y en los que, quiero creer, me imaginaba haciendo cosas, escribiendo más que siendo escritor o ingeniando más que siendo ingeniero, es decir. no pensaba en la etiqueta del nombre sino en los actos, eso no me sirve para tener ahora mismo lo que me gustaría tener, lo que realmente importa, digo pensando en mi amiga. Ya empiezas otra vez, Rubén. Tiene mucho que ver en este tema, con mis dudas sobre lo que uno llega a ser o sobre lo que soy. El hondureño estaba de intercambio y quería regresar el año que viene para hacerse una maestría (no recuerdo si dijo máster, pero tendría que haber dicho maestría). No tenía mucha fe en lo que estaba estudiando, con lo interesante que está el asunto ahora mismo, al menos por aquí. Allí en latinoamérica siempre está interesante, imagino, no sé exactamente en Honduras cómo andan.

Continuamos hablando, con Gema guiando la conversación a temas más nocturnos. Repetimos unas cuantas veces (es asombroso lo que aguanta Gema cualquier cosa, el cansancio, el alcohol, nunca se le nota nada), hasta que decidimos cambiar de sitio, andar otro rato y parar de nuevo. De momento no pensamos en mañana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario