No estábamos ella y yo solos al principio, le cuento a Gema que está en Asturias con sus abuelos. Después de estos meses de vernos poco me gustó estar otra vez con ella y también me gusta verla con otra gente, hablando con ellos, contando cosas. Estar con ella, eso es lo que me gusta. Con su encanto por ahí presente. Pronunciar mal su nombre también me gusta. Es maravillosa, Gema, tengo que decírtelo. Y las copas, que creo que me afectaron más a mí que a ella, y verla bailar. Pero al final sí nos quedamos ella y yo solos, y la madrugada, y las cosas que pensaba que tenía que decirle y que sabía que no iba a decirle, porque no la veía con ganas de escucharlas, mientras buscábamos un autobús para que se fuera sin mí y yo continuara andando hasta mi piso, por las calles casi vacías y sin lentillas, que perdí torpemente. Estar con ella hasta el último minuto, sin hacer caso a todas las veces que me dijo que me fuera, que no hacía falta que la acompañara. Déjame estar contigo hasta el último minuto, pensaba, acabar la noche contigo. Y ella contándome cosas, como amigos. Gema escucha, contenta desde su poco calor asturiano. Qué bien se está aquí en esta casa, Rubén, dice, evitando el calor, pero no te libras de una cosa evitándola, sino tan sólo pasando por ella, me dice regodeándose. Esta tarde he estado en la playa, con mi hermana y el capullo del inglés, que sigue sin mejorar con el español, y luego al volver nos hemos ido a dar una vuelta con el perro, con una temperatura muy agradable a esa hora, insiste. Gema comienza a hablar del inglés, con el que le encanta meterse, por sus muchas manías. Está todo bien, dice riéndose, cada día nos llevamos mejor. Seguimos hablando un rato más, de otras cosas. Al acabar dejo el móvil sobre la mesa, a ver si dice algo.
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