En Nueva Orleans, el pasado diciembre. Llamaron a la puerta de un negro viejo. Una casa verde. Sonaba una de Waits, de finales de los setenta. Nadie abría. Insistieron. Un piano deseaba una ciudad. Oyeron ruidos de cristales mezclados sabiamente entre un contrabajo y la percusión. Las ventanas estaban cerradas. Era mediodía. Esperaron. El alcohol se mezcló en las ideas de ellas. Pensaron en el estado de ebriedad de la puerta o del timbre. Se miraron a los ojos. Dudaron de sus sonrisas, de sus cuerpos perfectos; pensaron en su corazón y su hígado. Creyeron por un momento en otra ciudad. Se miraron inquietas. Buscaron en el bolso algunas monedas sueltas y las contaron. Llevaban esperando cuarenta minutos. Volvieron a llamar. Nada. No parecía haber nadie. Bajaron las escalerillas. Miraron hacia atrás, hacia la puerta, las ventanas, el jardín. La casa era verde. Carece de importancia. Las vi alejarse. Eran cinco. No se volvieron a detener en ninguna puerta. Ellas…
No hay comentarios:
Publicar un comentario