jueves, 23 de septiembre de 2010

No river together


I
Last time
Así no son las cosas, le dijo, instructor, la eternidad es una puta mierda, una cobardía, y no me alumbre usted con su luz de buena esperanza, quédese en esta sombra, yo ya lo comprendí hace tiempo, tiempo, bastante, no, no quiero salir de aquí, una idea débil, es lo mismo, lo sé, da igual, pero aún podemos luchar por ilusiones en las que no creemos, como si algo fuese a existir, todo son equívocos, pero unos nos atraen y los otros son como los cartones donde a veces duermo. Querer entrar en la pesadilla de la historia, el orgullo y el recuerdo de los que queden, otro equívoco, se puede perdonar a veces, pero la eternidad de la que hablaba usted desde su portentosa altura con aquellas viejitas misericordiosas que arrojaron sus buenas noches y su amabilidad contra mí antes de detenerse junto a usted a leer un papel escrito y ponerse a coincidir con usted en sus ideas de ustedes, es tan cobarde, la solución fácil a la que siempre huimos, que no sé qué coño hago aún aquí, cuando ya hace tiempo que daba por innecesaria esta lucha. Esas ganas de absoluto, tan vacías. No, las cosas no son así. Y sigue en silencio dándose la razón, con su superioridad burguesa sin palabras, sus razones aprendidas en años sin pensar. Imposible hacer nada con mi fementida razón.
El vagabundo se silenció un momento, con una mano se tapó la boca y miró la estrecha calle que hacía esquina con aquella en la que estaba. Un joven pasó a su lado evitando pisar la luz de la farola y girando la cabeza en la misma dirección que el vagabundo. Como esperando la lluvia, pensó. Una joven de aproximadamente su edad andaba deprisa por la acera, pegada a los edificios. El vagabundo, mientras buscaba algún motivo o palabras con los que continuar, reconoció a la joven, que trabajaba por esa zona, cuando giró en la esquina y subió por la calle en dirección contraria al joven. Éste, según vio el vagabundo al enderezarse hacia la farola, miró hacia atrás lamentando la diferencia temporal de los caminos.
Sucio de tiempo. Hasta mis nuevas pertenencias están manchadas de tiempo. Un libro de Faulkner que me sirve de almohada. Lo encontré en un banco junto a unas postales y varios días de sueño. Todas las hojas manchadas de tiempo. Lo leí hace años, la última vez. No vale la pena enfadarse, pero la indiferencia es triste. La verdad, no sé qué hace usted aquí todavía, soportando mis voces. Quizá lo mejor sea que me marche. No tengo nada contra usted. Disímiles, no sé si lo digo correctamente, pero me resultan bastante disímiles las ideas. Difíciles, diferentes, o contradictorias, no sé lo que significa, pero siempre me viene a la mente, disímiles. En el banco de la plaza. Aún sigue allí, el banco, lo mejor será que regrese. La juventud de hoy no tiene la virtud de discutir ni de conversar. Ni una palabra, ni una sola palabra desde que llegué. Ni de asombrarse. Ahora no lo comprendo, no puedo comprenderlo. Agitó los brazos como preparándose para un gran aforismo y con voz más grave y suave que la utilizada hasta entonces sentenció: no llegarán nunca.
El hombre dejó la botella aún llena que sostenía en una mano apoyada en la farola y se alejó hacia la plaza, murmurando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario