domingo, 3 de octubre de 2010

No river together

III

Lost room

Todo es horizonte, pensó. Se sentó en el banco junto al vagabundo, que no pareció preocuparse de él. Por un momento ambos se quedaron callados. El vagabundo parecía atento al saxofonista que había en mitad de la plaza y el joven, algo inseguro e inquieto, en una postura incómoda sobre el banco, no quería interrumpir el aparente interés.

Bien. No lo dice muy convencido. Sí, ya sabe, estaba perfectamente hasta hace un momento, cuando casi me cruzo con ella y apenas he acertado a mirarla como un gilipollas, con mis ojos y mi cuerpo y mi consciencia, sin hacer nada más. No sé si comprende, pero siempre me ocurre igual, parece que el tiempo no quisiera ser mi amigo, o que yo no sé aprovecharlo. Creo que sí, que lo comprendo. Debería dejar pasar algunas horas… Eso es lo que pienso, por eso le he dicho que estoy bien, porque creo que estaré bien en cuanto pase algo de tiempo, que para eso si vale. Acababa de acompañar a mi compañero de piso del año pasado, al que hacía nueve meses que no veía, al metro, después de haber estado dos horas tocando la guitarra, con una conexión realmente extraña y algunos momentos bastantes buenos, él con su guitarra a cuestas y yo a su lado, y cuando regresaba al piso lo veo a usted con la mirada vuelta hacia ella, que estaba lo suficientemente lejos como para no cruzarnos, a pesar de la rapidez con que caminaba. Y continué andando, como una jodida ánima… Sí, eso parecía, por eso le pregunté, cuando se sentó aquí… Y, luego, llegué a mi portal y me senté en un banco frente a él. Estuve allí más de veinte minutos, cansado por haber desperdiciado otra oportunidad de conocerla, sin ganas de subir al piso, encerrarme en mi habitación y escuchar algún disco, que es lo único que podría hacer. Así que acabé por levantarme y volver otra vez a recorrer la acera. Luego ya sabe, lo vi de nuevo a usted, empecé a contarle, quizá le haga caso y ande un poco más antes de volver al piso, quizás luego lo escriba para volver a alejarme de este sentimiento, cuantas más veces lo cuente será mejor, supongo. Contaré y tocaré la guitarra… Sí, ya comprendo, creo que lo que le ha jodido a usted tanto hoy ha sido que ella no le haya visto al lado de su amigo y su guitarra, tan sociable. Es probable, pero yo ahora estoy aquí como un poeta herido y toco la guitarra como un poeta herido, siempre tomo ejemplo de los cobardes y acabo limitándome como un poeta herido, y a ella le gusta reírse de los poetas heridos, es algo evidente, por mucho que sepa que ella es especial, que es distinta, a pesar de sus ojos maquillados, de sus aros de oro en las orejas, de sus pestañas recargadas de rimel, de trabajar en una panadería por la mañana con veinte años… Quizás si supiera si hace algo más… A ella no creo que le gusten las canciones que toco, jamás soportaría una canción mía a la guitarra, creo que puede usted entenderlo. Me ha jodido lo que usted dice porque fantaseaba con ello, la verdad, con cruzarme con ella mientras acompañaba a Biel y su guitarra, pero tampoco llegaría a ningún lado, todo es horizonte. Le vuelvo a aconsejar unas cuantas horas. Olvídese de ello. Busque meterse dentro de la ciudad, de lo que te pueda ofrecer. La vida también ríe a veces. Lo peor, lo inservible, signo de fracaso, de derrota, es ver que la vida es posible y no intentar aprovecharla. Coño, no se lamente e intente hacer algo de una vez, pues por lo que veo no has hablado nunca con ella. Sí, cuando me atiende en la panadería. Eso no basta, evidentemente. Conocerla tampoco bastaría, habrá alguna posibilidad más pero tampoco valdrá para nada, nunca podrá ser verdad. Me lo ha demostrado mi antiguo compañero de piso: yo no soy joven, como otro joven, no hablo como otro joven, no hago lo que otros jóvenes, y eso es lo que ella necesita. Lo sé por su coche, su ropa, su cuerpo. A lo mejor, su diferencia del resto a ella le pueda gustar, ¿no pensaba usted que es especial, que tiene algo distinto? Eso le he dicho, creo, pero quizá sea sólo porque la quiero, porque yo sólo puedo querer a lo mejor, yo no puede leer a Pérez Reverte, yo leo a Faulkner, como usted, según parece, yo toco a Brouwer, no me vale rasguear cualquier canción pop; soy de una prepotencia y una intransigencia de la hostia. Si yo estoy enamorado de ella, es porque ella es perfecta. O así pienso de forma más o menos inconsciente. La verdad es que lo parece, aunque quizá no sea prepotencia o intransigencia, sino exigencia hacia usted y hacía lo demás. Sí, no sé... El vagabundo se levantó bruscamente del banco y dirigió su vista hacia el saxofonista que había dejado de tocar y empezaba a recoger. Me ha sentado bien hablar con usted, quizás regrese a escuchar algunos discos de antes. El vagabundo no lo miró y caminó torpemente siguiendo los pasos del saxofonista.

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