sábado, 1 de mayo de 2010

A C.B.

Dejamos la manzana oxidada en el armario,
dentro de las horas vacías para las tardes de invierno,
junto al hueco que el gato creó
con la constancia de un camino.

La luz era prescindible
e inventamos, desnudos,
los caminos que el gato no llegó nunca a realizar.

Envidiábamos la estatua, el sol,
el tiempo del gato.

Las horas contadas.

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