domingo, 20 de julio de 2014

Algo sobre heridas

A Z. o a S.

Me gustaban las heridas. Sangrar era estar vivo. Los balates con sus ripios precisos, los bancales, los caminos de tierra y piedras, las matas traicioneras y los pinchos; las piernas acababan llenas de roces, de marcas, de heridas que eran curadas en una silla, el botecito de mercromina, la pierna estirada. Las heridas buscadas, las de asumir riesgos y realizar pruebas. No recuerdo las lágrimas (me invento un pasado heroico: yo era el más ágil, el más rápido, el que más caía).  

Sangrar es estar vivo. La extrañeza ante las primeras gotas, después de tanto tiempo, de la pérdida de costumbre y la torpeza de la seguridad. Falta la tierra, pienso. Y el golpe. O confundo la belleza y la herida, y es cuando ella va más rápido que yo o tiene más palabras y un camino. Yo soy el último. Me convierto en perseguidor. La sangre gotea por las piernas o entre tus dedos, la dejas correr y la observas. Eso es estar vivo y no esta limpieza de mierda.

Coagula  (de P.C.)

También tu 
herida, rosa.

Y la astada luz 
de tus búfalos rumanos 
en lugar de una estrella 
sobre el lecho de arena, 
en el émbolo que habla, 
el superrojoceniciento.
                                                                    

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