En Almuñécar se pone el sol por el otro lado, dijo mientras señalaba los trozos de sol que escapaban de las nubes. Estaba sentada en una roca, Gema, cerca del borde, con las piernas, acabadas en unas botas pequeñas y negras, estiradas, y el pelo, corto, movido por el viento. El abrigo, la bufanda y el invierno la hacían parecer cercana, casi conocida. El cantábrico se divertía con los acantilados. Cada ola gigante recibía la aclamación de varios niños mientras los padres, dos parejas jóvenes, caminaban siguiendo prudentemente el borde del acantilado después de haber estado detenidos un rato con la contemplación. Me senté junto a Gema empujándola un poco. No se te puede decir nada, dijo sonriendo cuando contesté que era el mismo lado. Siempre me ha gustado venir aquí con los temporales, después de las tormentas, de cualquier tipo, los días fríos, con viento. De pequeña solíamos venir con mis padres y mi hermana y yo tonteábamos como esos enanos. De los quince a los dieciocho vine mucho, hubo muchas tormentas aquellos años, a veces con mi hermana y otras con Alba, pero normalmente sola. Me sentaba aquí, mirando al mar, con el viento atacando a mi pelo, con ganas de fumar... Siempre acababa pensando en fumar cuando venía aquí, toda la ferocidad del mundo detenida con un cigarrillo, pensaba. Aunque nunca he fumado. Probablemente sería jodido encender un cigarrillo con este viento. No sé. Pensé en las manos de Gema con un cigarrillo en lugar de la piedra que acababa de coger y a la que comenzó a mover entre sus dedos. Hacía tiempo que no venía por aquí con un temporal tan maravilloso, dijo. Tendría que haberse venido Irenita, y el capullo ese, el inglés, que son muy de primavera los dos.
Los padres y los niños han desaparecido extraviados por mi atención, y sólo quedamos Gema y yo allí. Gema habla de la falta de erotismo del sexo grabado, de lo contenta que tiene que estar Lisboa con el texto que escribí para ella, en el que intenté inventarla a partir de aquella pregunta, de la parte final con lo de su amiga Ana, la camisa roja. Supongo que hay muchos que no piensan igual, pero a mí siempre me lo ha parecido. No es sólo que me aburra verlo, que no me interese, es que creo que afecta directamente a los que están siendo grabados, aunque no lo sepan. Pones una cámara y desparece el erotismo, dice. Las manos de Gema, inquietas y cuidadas, juegan ahora con un poco de hierba que acaba de arrancar. Un hombre distante parece dirigirse hacia nosotros, en su paseo tranquilo. Gema lo mira un instante y vuelve a fijarse en la imposibilidad del horizonte. La idea, digo, era escribir sobre la entrevista, que el entrevistado escribiera la entrevista, y poner las preguntas, las respuestas, mezcladas con juicios sobre mi impresión de Lisboa, de sus preguntas, de su voz, que me encanta, de los mecanismos para elegir las respuestas y las mentiras. El comienzo en realidad era para una imitación de Beckett, pero luego apareció Lisboa y la promesa de recrearla, un par de cosas que me contó la siguiente vez que nos vimos, y acabó saliendo eso en lugar de la entrevista o de la imitación de Beckett. Lo del sexo era una ocurrencia que me venía rondando hace tiempo, digo. A Ana le iba bien, pensé. Gema hace como que no me escucha y mira las olas. El sol busca otros paisajes, otras nubes. Nos quedamos callados.
El hombre distante acabará por llegar hasta aquí, aunque no querrá acercarse. No dirá nada y nosotros seguiremos callados. O quizá sí, le gustarán las palabras, comenzará con algunas frases banales que acabará dirigiendo hacia algún tema importante, lo que lo trajo hasta aquí, acaso algún pensamiento casual. Mirará el gesto descreído de Gema, comprenderá que las explicaciones no sirven para nada, que siempre son parciales, que los límites no son importantes, porque siempre fue un hombre descontento y pensaba que sí, que un paso más allá, tras ese límite, estaba lo buscado, pero después de tantos años, aquella última vez que estuvo vivo, ya no puede pensar igual. No pedirá perdón, no se despedirá, no terminará de contarnos. Cuando regrese a su papel distante, Gema se levantará y me obligará a levantarme, cogiéndome con sus dos manos. Dirá algo del sol, de la humedad, del viento, de los rugidos del mar, y nos iremos de allí después de asomarnos una vez más para ver las rocas.
El hombre distante acabará por llegar hasta aquí, aunque no querrá acercarse. No dirá nada y nosotros seguiremos callados. O quizá sí, le gustarán las palabras, comenzará con algunas frases banales que acabará dirigiendo hacia algún tema importante, lo que lo trajo hasta aquí, acaso algún pensamiento casual. Mirará el gesto descreído de Gema, comprenderá que las explicaciones no sirven para nada, que siempre son parciales, que los límites no son importantes, porque siempre fue un hombre descontento y pensaba que sí, que un paso más allá, tras ese límite, estaba lo buscado, pero después de tantos años, aquella última vez que estuvo vivo, ya no puede pensar igual. No pedirá perdón, no se despedirá, no terminará de contarnos. Cuando regrese a su papel distante, Gema se levantará y me obligará a levantarme, cogiéndome con sus dos manos. Dirá algo del sol, de la humedad, del viento, de los rugidos del mar, y nos iremos de allí después de asomarnos una vez más para ver las rocas.
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