jueves, 21 de agosto de 2014

Las puertas

...Santiago Feliú, por ahí...

Porque cualquiera puede hablar de amor y parecer bueno
o hablar de angustia y parecer herido,
con las palabras prendidas entre los dientes
inventarse suicidios y amores limpios y universales,
siguiendo una cuerda oxidada entre el día y el sueño (amigo dibujo)
me dediqué a entender mi problema con las puertas,
todas las puertas.

La que me estaba llamando,
la de la prisa y las luces,
la del mundo y el día,
la de un sueño perdido,
la que enfrentaba la vida,
la puerta que estaba encendida,
la puerta nunca entendida,
la de encontrarte y perderme,
la de perderte y hallarme,
la puerta llena de gente,
la que no estaba esperando,
la del verdadero suceso,
la que esperó mi regreso,
la puerta dura de hierro,
la que abrió el universo,
la del verdadero suceso,

la que estaba abierta,
la de abrir y perderse,
la que tapaban sus piernas,
la de nunca más.

No, nunca fue un problema casual  (un azar repetido),
o la amplificación temerosa de una mala experiencia.
Es algo normal en mí, como el tartamudeo,
la imperceptible cojera o el pensamiento ronco.
O más bien como la aparición estacional de una sordera transitoria,
una anomalía vagamente perjudicial, intervalos de tiempo.

Soy tímido y me divierte lo transitorio de miradas desconocidas,
portarme mal con las palabras y seguir las luces silenciosas.
Por la calle, con el día desvanecido, el camino abierto,
la inteligencia y la audacia se muestran oportunas,
las que me permiten no equivocarme, lo de la cuerda oxidada,
así que no lo entiendo muy bien.

Quiero decir, no entiendo cómo me dejé llevar.

Y sin embargo, estuvo bien, fue conveniente
como todo aquello que lleve a reflexionar
para dejar de creer en ciertas vanidades y egos descontrolados
o en cobardías amuralladas.

Allí estaba, y la sonrisa a un paso de desprenderse,
bordeando un cambio de frontera
con la imaginación puesta en las puertas que describía,
en todos esos caminos cerrados.

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