...antes de Praga...
...Samuel Beckett, por ahí...
No confío en la gente que hace cosas: que está siempre haciendo algo, quiero decir. Más que intensidad o una forma de aprovechar la jodida existencia, lo que yo veo es temor, una forma de engañarse, de utilizar agujeros para tapar el vacío, pienso, a veces, Gema, me dijo mientras, rodeados de gente, subíamos por una calle buscando algún sitio para cenar, la mirada hacia el suelo, Rubén, cohibido por mis ojos verdes, aunque mintiese al buscarlos, y suficientemente cerca para algún choque y para poder escuchar su voz tímida. Ayer fui a una conferencia, hoy tengo nosequépoyas, no se si entiendes lo que quiero decirte.
Terminamos eligiendo una calle inclinada, donde vimos algunas mesas vacías. Me gusta este sitio, dijo mientras nos sentábamos. Tampoco confío en la gente que es incapaz de estar sola, insistió, completamente sola, con cierta frecuencia. Siempre he creído que es algo necesario. Ahora la gente quizá pase bastante tiempo físicamente sola, pero están con sus teléfonos o sus portátiles... No sirve... Salen a la calle y no miran o salen a la calle y no escuchan. Sonreía en cada pausa, como si no creyera en lo que decía, Rubén. Y luego se acuestan y se ponen a contar ovejitas cuando no pueden dormir... Yo me pongo a pensar, a repetir o mejorar conversaciones que tuve, a inventarme historias... Con Patricia, dije... De todo, me cuento de todo; me encanta recrearte, por ejemplo. Siempre he considerado que mis mejores conversaciones las tengo cuando soy incapaz de dormir, mientras doy vueltas por la cama. Hablaba como a pedradas, variando la velocidad durante la frase. Tuve un compañero de piso que siempre se llevaba un libro o una revista cuando iba a cagar, continuó. Hay una excesiva necesidad de tener la mente distraída, dijo. Se acariciaba el rostro, Rubén, la barba, mientras hablaba. Las conversaciones están bien, eso no se pierde. La verdad es que no se de qué gente estoy hablando. Yo no concozco a la gente.
Llegó el camarero para llenar la mesa con las bebidas y los primeros platos, berenjenas con miel y aros de cebolla con varias salsas, que habíamos pedido, y comenzamos a comer, alabando los platos y olvidando la conversación.
En la de al lado, una pareja hablaba de un viaje a unos amigos. Míralos, dije, hablan de sus vidas. No les basta con vivir. Tienen, además, que hablar de ello. Es bonito. Ríen. Levantaba más los ojos que la cabeza, Rubén, al mirarme. No lo saben, dijo. Hacen las cosas sólo para tener anécdotas que contar. Alguna vez escuché a un amigo que justificaba sus gilipolleces (colarse en alguna feria gastronómica o cosas así) con la posibilidad de contarlas a sus hijos. Que lo contrario sería muy aburrido, decía. Me robó la última berenjena, Rubén. Sonrió.
...Samuel Beckett, por ahí...
No confío en la gente que hace cosas: que está siempre haciendo algo, quiero decir. Más que intensidad o una forma de aprovechar la jodida existencia, lo que yo veo es temor, una forma de engañarse, de utilizar agujeros para tapar el vacío, pienso, a veces, Gema, me dijo mientras, rodeados de gente, subíamos por una calle buscando algún sitio para cenar, la mirada hacia el suelo, Rubén, cohibido por mis ojos verdes, aunque mintiese al buscarlos, y suficientemente cerca para algún choque y para poder escuchar su voz tímida. Ayer fui a una conferencia, hoy tengo nosequépoyas, no se si entiendes lo que quiero decirte.
Terminamos eligiendo una calle inclinada, donde vimos algunas mesas vacías. Me gusta este sitio, dijo mientras nos sentábamos. Tampoco confío en la gente que es incapaz de estar sola, insistió, completamente sola, con cierta frecuencia. Siempre he creído que es algo necesario. Ahora la gente quizá pase bastante tiempo físicamente sola, pero están con sus teléfonos o sus portátiles... No sirve... Salen a la calle y no miran o salen a la calle y no escuchan. Sonreía en cada pausa, como si no creyera en lo que decía, Rubén. Y luego se acuestan y se ponen a contar ovejitas cuando no pueden dormir... Yo me pongo a pensar, a repetir o mejorar conversaciones que tuve, a inventarme historias... Con Patricia, dije... De todo, me cuento de todo; me encanta recrearte, por ejemplo. Siempre he considerado que mis mejores conversaciones las tengo cuando soy incapaz de dormir, mientras doy vueltas por la cama. Hablaba como a pedradas, variando la velocidad durante la frase. Tuve un compañero de piso que siempre se llevaba un libro o una revista cuando iba a cagar, continuó. Hay una excesiva necesidad de tener la mente distraída, dijo. Se acariciaba el rostro, Rubén, la barba, mientras hablaba. Las conversaciones están bien, eso no se pierde. La verdad es que no se de qué gente estoy hablando. Yo no concozco a la gente.
Llegó el camarero para llenar la mesa con las bebidas y los primeros platos, berenjenas con miel y aros de cebolla con varias salsas, que habíamos pedido, y comenzamos a comer, alabando los platos y olvidando la conversación.
En la de al lado, una pareja hablaba de un viaje a unos amigos. Míralos, dije, hablan de sus vidas. No les basta con vivir. Tienen, además, que hablar de ello. Es bonito. Ríen. Levantaba más los ojos que la cabeza, Rubén, al mirarme. No lo saben, dijo. Hacen las cosas sólo para tener anécdotas que contar. Alguna vez escuché a un amigo que justificaba sus gilipolleces (colarse en alguna feria gastronómica o cosas así) con la posibilidad de contarlas a sus hijos. Que lo contrario sería muy aburrido, decía. Me robó la última berenjena, Rubén. Sonrió.
Yo nunca escribiría así, Rubén.
ResponderEliminarG.
Ya lo sé. Pretendía hacer como si tu estuvieses imitando los textos que he hecho sobre ti. Ya lo intenté hace unos meses, recuerda.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar