...creo que lo voy a dejar con las imperfecciones que le quedan...
Abrió el grifo, Gema, y comenzó a ducharse. ¿De verdad que no quieres venirte?, me preguntó. Cerró el grifo y se echó el champú en el pelo, levantando la cabeza hacia atrás. A veces pienso en mis gestos, dijo. Siempre he sido algo teatral... hay cierto juego en los gestos que hago, en mis movimientos... a veces, en algunos... Otros son naturales, inevitables en mí, claro. Abrió el grifo un momento y jugó con el jabón en su cuerpo. Yo esperaba sentando, apoyado en una pared, memorizando sus gestos. Me gustan. Pero pienso que no quedarán en el recuerdo de nadie... que los que me ven no son capaces de apreciarlos... de advertirlos. Sonrió, advertí, entre el vapor. Abrió el grifo de nuevo. Caía el agua constante, recorriendo su cuerpo y descubriendo su piel tapada de espuma. Cerraba los ojos, Gema, y se acariciaba suavemente, casi sin roce, la piel humedecida y el pelo mojado. Como si yo les diese un valor que no tienen, dijo al cerrar el grifo. Se le quedó la piel llena de gotitas. Le pasé la toalla, verde. Se secó el pelo y atacó a las gotitas con dulzura. No las mates aún. A las gotitas. Sin hacerme caso se enrolló en la toalla, dejándome sólo sus piernas y sus brazos, sus pechos apretados en la toalla y el contraste con sus ojos y su pelo mojado. O mi voz... Me gusta mi voz, pero siempre tengo la impresión de que nadie la recordará, que nadie pensará en ella ni en mi forma de decir las frases. Me dió un abrazo, aún húmeda y enrollada. No has matado a todas, le dije. Caen nuevas del pelo. Cogió otra toalla, para el pelo. Mis amigos... aquellos con los que no he mantenido el contacto... cuando hablo con ellos después de años sin vernos... no sé muy bien que es lo que veían de mí, lo que recuerdan en el reencuentro...
Fuimos a la habitación y se sentó en la cama. Me seco el pelo, me visto y salimos, dijo. No me gusta que queden así... tan innecesarios. Volvió al baño y encendió el secador. Yo me quedé en la cama, tumbado, y recreé sus gestos y sus juegos teatrales. Pensé que creía que sus gestos la definían como persona, que eran tan importantes como sus decisiones o sus palabras para conocerla. Tomamos una decisión y creemos que eso nos define, nos muestra, divagué. Pero luego vienen las interpretaciones erróneas, y cambiamos y nos cansan nuestras decisiones, ajenas a nosotros, y tenemos que cargar con ellas. Decimos algo y luego nos echan en cara siempre que pueden nuestra idea, que sólo fue un intento de idea, un mínimo intento de perfilarnos. Se creen que somos, cuando sólo actuamos. Ante una situación elegimos hacer algo, una de las posibles actuaciones, que puede tener cierta afinidad con otras de nuestras actuaciones anteriores, lo que permite la predicción, quizá, pero eso no significa nada. No significa nada. Sólo acotaciones. No se puede comprender a los demás, sólo situarlos en unos límites. Pensaba eso, mientras el ruido del secador, más certero, le calentaba la cabeza a Gema.
Ya está, me dijo cuando regresó. Se acercó a la maleta y cogió la ropa. Cinco minutos. Me tiró la toalla a la cabeza y comenzó a vestirse. ¿De verdad que no quieres venirte?, me repitió. Estoy segura de que lo pasarías bien.
Abrió el grifo, Gema, y comenzó a ducharse. ¿De verdad que no quieres venirte?, me preguntó. Cerró el grifo y se echó el champú en el pelo, levantando la cabeza hacia atrás. A veces pienso en mis gestos, dijo. Siempre he sido algo teatral... hay cierto juego en los gestos que hago, en mis movimientos... a veces, en algunos... Otros son naturales, inevitables en mí, claro. Abrió el grifo un momento y jugó con el jabón en su cuerpo. Yo esperaba sentando, apoyado en una pared, memorizando sus gestos. Me gustan. Pero pienso que no quedarán en el recuerdo de nadie... que los que me ven no son capaces de apreciarlos... de advertirlos. Sonrió, advertí, entre el vapor. Abrió el grifo de nuevo. Caía el agua constante, recorriendo su cuerpo y descubriendo su piel tapada de espuma. Cerraba los ojos, Gema, y se acariciaba suavemente, casi sin roce, la piel humedecida y el pelo mojado. Como si yo les diese un valor que no tienen, dijo al cerrar el grifo. Se le quedó la piel llena de gotitas. Le pasé la toalla, verde. Se secó el pelo y atacó a las gotitas con dulzura. No las mates aún. A las gotitas. Sin hacerme caso se enrolló en la toalla, dejándome sólo sus piernas y sus brazos, sus pechos apretados en la toalla y el contraste con sus ojos y su pelo mojado. O mi voz... Me gusta mi voz, pero siempre tengo la impresión de que nadie la recordará, que nadie pensará en ella ni en mi forma de decir las frases. Me dió un abrazo, aún húmeda y enrollada. No has matado a todas, le dije. Caen nuevas del pelo. Cogió otra toalla, para el pelo. Mis amigos... aquellos con los que no he mantenido el contacto... cuando hablo con ellos después de años sin vernos... no sé muy bien que es lo que veían de mí, lo que recuerdan en el reencuentro...
Fuimos a la habitación y se sentó en la cama. Me seco el pelo, me visto y salimos, dijo. No me gusta que queden así... tan innecesarios. Volvió al baño y encendió el secador. Yo me quedé en la cama, tumbado, y recreé sus gestos y sus juegos teatrales. Pensé que creía que sus gestos la definían como persona, que eran tan importantes como sus decisiones o sus palabras para conocerla. Tomamos una decisión y creemos que eso nos define, nos muestra, divagué. Pero luego vienen las interpretaciones erróneas, y cambiamos y nos cansan nuestras decisiones, ajenas a nosotros, y tenemos que cargar con ellas. Decimos algo y luego nos echan en cara siempre que pueden nuestra idea, que sólo fue un intento de idea, un mínimo intento de perfilarnos. Se creen que somos, cuando sólo actuamos. Ante una situación elegimos hacer algo, una de las posibles actuaciones, que puede tener cierta afinidad con otras de nuestras actuaciones anteriores, lo que permite la predicción, quizá, pero eso no significa nada. No significa nada. Sólo acotaciones. No se puede comprender a los demás, sólo situarlos en unos límites. Pensaba eso, mientras el ruido del secador, más certero, le calentaba la cabeza a Gema.
Ya está, me dijo cuando regresó. Se acercó a la maleta y cogió la ropa. Cinco minutos. Me tiró la toalla a la cabeza y comenzó a vestirse. ¿De verdad que no quieres venirte?, me repitió. Estoy segura de que lo pasarías bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario