He dejado de tocar la guitarra, Gema, le dije cuando me llamó. Para siempre, digo. Unas semanas, al menos. Las que llevábamos sin hablar, pensé. Me estuvo contando su adaptación a Praga: las calles, el piso que había alquilado, la gente con la que se cruzaba a diario, los amigos que había hecho. No sé, pero siempre que cambio de ciudad le tomo cariño a la gente con la que me cruzo habitualmente las primeras semanas, dijo. Me gustaba imaginármela en Praga descubriendo sola las calles, cruzando puentes sobre el río, mirando insolente a las personas, entrando en tabernas oscuras. La imaginé ahora frente a una ventana abierta, sentada en una silla, acariciándose las piernas con la mano libre. Me preguntó por Patricia, si pensaba enviarle el poema. Me gustaría saber qué piensa: debe ser divertida su reacción; ya lo dices tú con lo del asombro. Empezó a reírse de mí con su risa limpia, Gema. Tú eres más de tocar la guitarra que de afrontar situaciones, me dijo. Ya te veo. ¿No le habrás puesto música? No, le dije. He dejado de tocar la guitarra, Gema. Se reía. Por la espalda, le expliqué.

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