La última vez fue un saludo inesperado
bordeado en unos labios.
A veces creo que se escapa de mí,
que no me considera a la altura,
desaparece poco antes de que llegue.
Le gusta jugar,
no acudir a los sitios donde antes la encontraba.
Esos mismos labios, los de entonces, no volvieron a mostrarla.
Últimamente se esconde detrás de Myriam, intuyo,
utiliza sus manos para tocarlo todo, creo,
con sus ojos, los de Myriam, sigue cada uno de mis torpes pasos,
me lanza mensajes crípticos en las palabra que no me dirige.
El otro día, por ejemplo, en una conversación
(Myriam hablaba con simpatía
y yo pensaba en sus razones para hacerlo),
estuvo a punto de acercarse:
la vi dándose la vuelta,
quizá decepcionada,
quizá aún jugando,
aumentando la exigencia,
la belleza.
Pero no sólo allí, en Myriam,
también en horas de sol, en paseos rodeados de aire,
en uno o dos aciertos inesperados,
en aquellas doce palabras o en acordes
repetidos tantas veces,
se asoma
enigmática agazapada
con su sonrisa de burla
sin llegar a mí.
Era el tercer perro que me sonreía
mientras los edificios seguían recortando el cielo.
Otra mirada amarilla.
Eso fue todo.
Hace demasiado tiempo desde aquella vez.
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