Se
parece a mí, pero no creo que me reconozcas en ella, me contó Gema.
Es como si se nos pudiese describir con las mismas características
pero fuésemos de familias diferentes. Delgadas, blancas, ojos
verdes, pelo castaño. Ya sabes. Tetas pequeñas, escribió. La misma
nariz. Imaginé a Gema sonriendo, entonces. Será sólo una semana,
diez días. Para un curso de cinco días, y para ver Madrid, que
nunca la ha visitado a fondo, el resto. Y allí estaba ella, con ese extraño parecido que no me recordaba a Gema, que no deformaba la imagen de Gema, en medio de un Madrid luminoso e incluso limpio, con una mochila y la funda de la cámara colgada del cuello, siendo observada por mi implacable simpatía. Sacó, Irene, la cámara de
la funda y empezó a hacer fotos de la plaza, a los edificios,
aunque, pensé por los ángulos que creía que tomaba, ya que estaba
de espaldas mientras yo descansaba sentado en un escalón, buscaba
siempre, en realidad, a alguna de las personas que pasaban por allí,
la mayoría turistas, casi como nosotros, pensé al recordar las
pocas veces que había estado por allí, con sus cámaras al cuello,
sus mochilas y sus botellas de agua. Después de agotar la plaza,
regresó junto a mí y se sentó en la escalera. Hace un día
perfecto para estar en la calle, dijo. Me alegro de que decidieras
venir al final. Guardó la cámara y bebió un poco de agua de una
botella que llevaba en la mochila. Se está bien aquí sentada, dijo.
Nos acompañaba el sol sin molestar. Están muy bien hechos estos
escalones, dije. Me miró Irene sonriendo mientras sacaba de nuevo la cámara de la funda, que encendió para enseñarme algunas de las fotos. Siempre me ha gustado lo antiguo, dijo, conocerlo, verlo. Incluso muchas veces me gusta imaginar cómo sería haber vivido en otra época. Es muy común, mi hermana, escribió Gema, recordé, muy agradable, simpática, inteligente, pero poco original. Cuando se pone pensativa, sólo expresa ideas gastadas, me avisó. Su conversación toma también los cauces habituales de tantas conversaciones, aunque es bastante interesante escucharla. Más humana, pensé. Menos preocupada por los demás, por demostrarse que es diferente, menos teatral que Gema. ¿A ti en qué época te hubiera gustado vivir? Había pensado en ello alguna vez, yo; de pequeño con el mismo enfoque, en conversaciones infantiles, pero también de mayor, acercándome desde otras ideas, desde otras necesidades. Me hubiera gustado nacer el mismo año que mi padre, dije, haber crecido sin tecnologías, casi sin coches, en un país pobre, aún dependiente del campo. Me sentía torpe hablando. Y luego haber visto los cambios que vio mi padre, haber tenido justo quince años entonces, veinte años después, la universidad, los treinta también, e incluso los cuarenta. Aunque, la verdad, al menos me alegro de haber crecido sin ordenadores ni móviles. Joder, pensé, si hasta me acuerdo de cuando pusieron la primera escalera mecánica en mi pueblo. Irene comenzó a hablar de épocas en las que los descubrimientos, probablemente porque son los que nos cuentan de pequeños, dije, eran más apasionantes. Le gustaban las palabras, a Irene. Las pronunciaba con placer, con su boca, con los mismos labios aparentemente finos de Gema, pensaba. Deberíamos seguir, dijo al terminar. Y cuando veamos algún sitio que nos apetezca, comemos.
Nos levantamos y subimos los escalones. Caminamos en silencio un rato. Miraba con la curiosidad de Gema, Irene.
Nos levantamos y subimos los escalones. Caminamos en silencio un rato. Miraba con la curiosidad de Gema, Irene.
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