viernes, 15 de agosto de 2025

Centro de interpretación del aire

Gema abre las ventanas mientras yo me siento en el sofá. Ya debe entrar algo de fresco, dice, un poco por engañarnos aunque agradezco la corriente de aire denso que de vez en cuando noto en la cara como un abrigo. Entra olor a tardes de verano caminando entre pinos por los pinos que rodean su piso. Me ofrece algo de beber antes de sentarse junto a mí como hacíamos hace años, cuando aún vivía en Madrid, y noto el calor de su brazo, que apenas me roza, como un horno. Gema sigue oliendo a ella, envuelta por el aire, y ni las líneas de los ojos y de la frente, que quizá desaparecen más lentas que antes, ni las pocas canas que se descubren al mirar con atención su pelo, hacen que parezca más vieja que cuando nos conocimos hace quince años. Se oye el zumbido suave de la nevera, el tictac de un reloj analógico, las cigarras algo histéricas en el exterior, algún coche que pasa por la calle, la voz de Gema imponiéndose en el aire a todos esos sonidos. Desde la ventana veo aparecer una nube amplia, condensada, e imagino que serán las tormentas que anunciaron para mañana, impacientes. Un avión desaparece detrás de la nube y veo unos pájaros ir hacia un árbol. Los últimos rayos de sol colorean el aire con tonos cálidos. Compartimos el aire, pienso, el mismo aire, sin darle importancia, sin preocuparnos. Sobre la mesa el segundo tomo de los diarios de Chirbes y me dice, interrumpiendo lo que decía, que en las primeras páginas le roba su opinión de los museos, descaradamente. No hay más libros en el salón, no hay tele, un portátil cerrado está colocado, oblicuo, en la mesa que entiendo que usa para comer. Tiene razón en lo que dice, pero yo no quiero escuchar hoy, ni pensar en ello. Hemos venido andando desde la estación y, en lugar de ir callados, la he puesto al día de las cosas que le gusta que le cuente y ahora ella está pensando sobre ello, opinando, aplicando su teoría de los interlocutores, que imagino que a ella le faltan aquí y que a mí me cuesta ver a menudo desde que se fue, convertido la mayoría de días en un bufón que intenta que nadie lo entienda. Aprovecho el resquicio de Chirbes y le hablo del Prado, al que volví la semana pasada, y de los paisajes de Claudio de Lorena. Pinta el aire, le digo. Pero Gema me recuerda mi frase favorita y me habla de mis interlocutoras fantasma y del infierno tan temido que me invento. Pero creo que te estoy quemando un poco, dice interrumpiéndose mientras intenta interpretar el aire. Le digo que no soy yo, que me encanta escucharla, que huele a humo, a ceniza, a cosas quemándose, como si alguien estuviera fumando en tu ventana, sugiero. Se levanta, dejando las sandalias junto al sofá, y cierra las ventanas. La nube que parecía de tormenta, digo, viene de un fuego, leo en el móvil.  



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