Querida B,
Esto lo voy a apuntar rápidamente, porque no quiero que se me olvide. Perdona si queda un poco desorganizado. Esta mañana coincidí con el científico loco, como lo llamaste, en un congreso de la sociedad española de rehabilitación y medicina física, una de estas cosas horribles en las que todo el mundo se parece inquietantemente, y en la que todos, menos los torpes, intentan hablar con el máximo número de gente, buscando alianzas, conocimientos, diversión, no sé. Era, claro, la primera presencial después de la pandemia, y había muchas ganas (se notaba en el ambiente, digamos, no es que yo las tuviera). Fue en el Meliá de Puertollano, un sitio en el que nunca imaginé que hubiera ni hoteles ni estaciones de trenes ni gente. De hecho, nunca había tenido muy claro ni dónde está.
En el cóctel de bienvenida del congreso, al dar vueltas persiguiendo comida, me crucé con el director, que estaba hablando con una mujer de su edad, una antigua compañera suya, colocados, probablemente estratégicamente colocados, en una de las esquinas desde la que salían los camareros con las bandejas de comida y de vinos. Nos saludamos, nos presentó a ella y mí, y no tardé en darme cuenta que al director se le estaba empezando a soltar la lengua, a decir cosas interesantes a su amiga, quizá porque llevaba algún vino de más. Nunca lo había visto tan comunicativo. Así que me quedé allí, un poco fuera de lugar, pero aceptada y atenta.
A ver, que me estoy alargando por ponerte en situación. La cosa es que empezó a explicar su gestión de la clínica, de forma un poco velada al principio porque parecía que estaba hablando de otra cosa, no sé muy bien de qué, pero bueno. Luego, en algún momento, dijo que él en su clínica sólo aceptaba gente a la que conocía previamente, en mayor a menor medida, o que eran los que tenían prioridad y con los únicos con los que tenía relación. Conocer a alguien es una falta de respeto, dijo el director, pero yo nunca me he preocupado por ciertas faltas de respeto. Probablemente me equivoqué de profesión, pero una vez aquí vi el interés que podían tener esas situaciones particulares a las que se enfrenta la gente que viene a mi clínica, verse de repente con un problema físico incapacitante, donde antes había una persona sin obstáculos. A esto llegué, dijo, después de muchos años viendo el arte de la rehabilitación únicamente como arte de la rehabilitación, como relación de procesos físicos, como juego físico e intelectual, de tratar a las personas como personas físicas, para luego, con los años, con el conocimiento de la técnica, la absorción de la técnica, tratar a las personas como seres humanos, los seres humanos como personas corrientes, físicas y no físicas. Y no es tanto ver la reacción de la persona ante esto, así el director, sino la singularidad. A las personas como seres humanos, y a los seres humanos como personas, siempre se las conoce en situaciones, diversas situaciones que son normales, situaciones que no son normales, pero cuando se dice conocer a alguien, cuando en efecto conoces a alguien o sientes que conoces a alguien, siempre es para unas cuantas situaciones que consideras normales, propias de la costumbre en las que coincides con esa persona como ser humano. Pero luego existen singularidades, como en matemáticas o en física, zonas donde no son aplicables los teoremas básicos, así el director, si no recuerdo mal de cuando estudié matemáticas. Zonas donde cambian las propiedades de la función pero siguen siendo la función. Mi punto de partida, el punto de partida de mi estudio, de mi estudio de las personas como seres humanos, del estudio al que estoy dedicando mi vida mientras parece que le dedico mi vida a la rehabilitación, consiste en comprender el espacio matemático de las personas como seres humanos en su relación con estas singularidades, en comprender si son significativas en las personas como seres humanos en lo que son, en lo que resultan ser, en su comportamiento también lejos de esta singularidad. ¿Se puede explicar el comportamiento previo de una persona a través del comportamiento de esa persona en una situación traumática como puede ser la pérdida de movilidad en las piernas? Esta es la singularidad que me permite la clínica. hay otras singularidades más comunes, también interesante, dijo el director sin especificar. Contrato siempre a los mejores profesionales, así el director en otro momento, sin mirarme pero haciendo una especie de gesto que pareció un reconocimiento, pero a los mejores profesionales que encajen con mi estudio. Los mejores profesionales son imprescindibles para mi estudio. Los mejores profesionales en este campo entienden a las personas no como personas físicas, sino como seres humanos, seres humanos como personas corrientes, con sus extravagancias y sus normalidades. Pero siempre hay que elegirlos, a los profesionales en este campo, acordes con los pacientes, acordes con los pacientes subrayado con la voz. El mejor profesional para un tipo de paciente no tiene por qué ser el mejor profesional para otro tipo de paciente, así el director, siempre desde el punto de vista de mi estudio. En los últimos años, y esto lo puedo decir ahora que ella no trabaja conmigo, porque los mejores profesionales para mi estudio no tienen que tener nunca en mente mi estudio, dijo el director, refiriéndose a mí, he intentado encontrar sólo pacientes extravagantes, de comportamientos fuera de lo normal, y para ello necesitaba los mejores profesionales para este tipo de pacientes, pacientes ya raros antes de haber sufrido ningún tipo de desgaste físico, mejores profesionales aptos para este tipo de pacientes. Una nueva fase de mi estudio. La elección de un mal profesional, de un profesional no ideal, podría aniquilar todo mi estudio. Y siempre, dijo en algún momento, en todo momento, escribir, documentar lo pensado. Escribir e investigar, así el director. Investigar y escribir. Investigar escribiendo y escribir investigando. Y empezar de cero, una y otra vez, en ese proceso de escritura y de investigación. El arte de la construcción de lo investigado, arte de la construcción subrayado con la voz, poner los cimientos una y otra vez, y luego las paredes. Pero no dar por buenos los cimientos hasta que no se haya terminado. Eso es todo, pienso siempre, dijo el director.
Escribí lo anterior el martes durante un rato libre que tuve en el hotel, por escribirlo mientras estaba fresca, la conversación, y porque me acordé de ti y de la carta que tenía pendiente contestar. Hoy es viernes. El espacio en blanco que ves en la hoja son tres días de conferencias, conversaciones ya borrosas de las que conservo frases y caras mezcladas, malas comidas y suficiente vino, y una cena anoche que terminó como terminan estas cenas. Ahora es por la mañana, es el día de clausura del congreso y no me apetece ir a las primeras conferencias. El director se fue ayer, antes de la cena, y no pude hablar con él más. En una conferencia en la que coincidimos intenté que me explicara por qué me consideraba una profesional ideal para el trato de pacientes de comportamientos raros, pero no me llegó a contestar. No sé qué pensar. Estaba mucho más desabrido que el otro día y como interesado en hablar con uno de los ponentes de esa sesión. Me voy a arreglar para salir ya del hotel, te seguiré escribiendo en Madrid vete a saber cuándo.
Me hace gracia que estaba como despidiéndome de ti cuando tú lo vas a ver como algo continuo. Hola B, soy yo de nuevo. La misma de hace tres semanas en otro párrafo, en otra hoja. (Explicar el contexto, siempre). No me traje más hojas del cuaderno del hotel, así que he cogido una libreta de apuntes naranja que compré en Francia.
No voy a alargarme más, que creo que me he pasado un poco, sólo decirte que está todo ok con el nuevo el piso y el hospital y el resto de cosas y que si tienes demasiado lío como para ponerte a pensar en escribir cartas, a mí también me cuesta ponerme, podríamos intentar quedar.
Me gustaría mucho volver a verte y que recreáramos Lisboa si es posible.
Muchos Besos, G.
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