miércoles, 9 de agosto de 2023

Canciones Insulsas, de Rubén Matías (2023)

Después de tres años, regresa Rubén Matías con una nueva colección de canciones, en un disco de, así llamadas, canciones insulsas, que ya nos avisa de lo que nos vamos a encontrar: efectivamente, canciones insulsas que no se incrustan en la cabeza, melodías poco sentimentales, estructuras armónicas repetitivas, casi sin desarrollo, y letras que, salvo en un caso, se manejan en torno a lo grisáceo, a veces únicamente por temática, buscando no llamar la atención, de un modo juguetón aunque pretendidamente sin gracia. A pesar de ese componente insulso que lo inunda, en este disco llama la atención el aumento de recursos respecto a sus discos anteriores por la mayor presencia de percusión y unos llamativos, y normalmente sutiles y también insulsos, sonidos electrónicos. Es probablemente su disco más variado en lo sonoro, aunque la unidad del conjunto, como ya ocurriera en el anterior, Los alambres de 2020, es clara. 

Comienza el disco con una improvisación llamada El gris del cielo, que oculta que viene de la Despechá de Rosalía y en la que una rítmica guitarra española sirve de acompañamiento a una blusera guitarra eléctrica. Una pequeña intro electrónica llamada Paraíso da entrada a la primera canción del disco, Patti Smith, con una letra rencorosa sobre una conseguida trenza de guitarras y piano y fondo electrónico. Continúa el disco con una canción tarareada que muestra una de las constantes del disco: el empleo de guitarras con afinaciones de notas más graves que la estándar, en este caso Drop D en busca de la calidez que dan esos sonidos graves, tan agradables. La canción más ambiciosa y mejor cantada del disco es Carta de amor, sobre un poema de Sylvia Plath traducido por Rubén, al que se le añade un estribillo comercial. Una larga y monótona aunque placentera coda de un solo acorde alarga la canción innecesariamente durante cuatro minutos en los que se intuye a Rubén riéndose alegremente. La canción tarareada del principio del disco es el boceto de esta canción, y resulta bastante divertido ver lo que cambia entre una y otra, cómo evolucionaron las melodías, los arreglos, los diferentes motivos que hace la guitarra entre una y otra, la estructura. Cierra este tramo del disco la canción más narrativa del disco: una historia insulsa bajo un cielo gris, con un acompañamiento de varias guitarras precioso, que calificaría de techno acústico. 

La siguiente pieza es una obra instrumental llamada paródicamente Canción insulsa III. Otras dos canciones insulsas se distribuyen a lo largo del disco con una intención de barrera, de separar tramos del disco.

En el segundo tramo del disco se encuentran las dos canciones más eléctricas:  Está bien, con letra de Camino Román y una excelente guitarra eléctrica con ecos de Graham Coxon, y Kombucha, divertimento eléctrico, no sé si cercano al punk o al rock sureño, al que no le hubiera venido mal una producción más cuidada.

El siguiente tramo del disco, un poco fantasmal, construido en torno a una afinación similar a la open D tomada de Santiago Feliú, agradable de escuchar, aunque quizá repetitivo, y que se cierra con una canción de pop electrónico taciturno, multitudinario.

El último tramo eleva el nivel tanto en las letras como en la música con Todo iba a ser, con un fantástico juego de voces y guitarras acústicas, y la rítmica y dinámica Lejos del deseo, con letra, al parecer, de P. H. D., que parece haberse construido como canción a la vez que se grababa (muy interesantes los cambios melódicos en las distintas repeticiones de la letra, como buscando cuál melodía se ajusta mejor a la letra). Como cierre, se utiliza el mismo acompañamiento de la pieza de apertura del disco pero esta vez con una improvisación de piano eléctrico (otro divertimento más del autor).

En definitiva, un disco que únicamente hará gracia al autor, que cumple lo que promete ya desde su título, agradable para ponértelo de fondo en la oficina, mientras limpias el baño o si quieres quedarte dormida pronto. 

Lisboa Martínez

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