...prometo terminar algo un día de estos, queridísimos y desconocidos, y no tengo muy claro si humanos, lectores...
La belleza está en los gestos, dice la cantante. Su casa estaba en una de las calles que llegaban hasta la destrozada Alcazaba de Baza, ya casi en lo alto. Tenía las paredes blancas, tres pisos, las típicas rejas de ventanas de la zona. Decidimos subir andando, callejeando un poco desde donde aparcamos el coche, a la entrada del pueblo, hasta su casa. Gema llevaba la cámara, más por hacer fotos de las calles de Baza, que siempre le gustaba fotografiar, que por creer que podría grabar en algún momento a la cantante. Nos recibió con ropa veraniega, muy colorida, con unas sandalias horribles y, a pesar de los más de diez años que habían pasado desde que se grabó el vídeo, estaba prácticamente igual que entonces, incluso se cubría la cabeza con un pañuelo similar al que llevaba aquel día. Estaba alegre, contenta de que después de tantos meses sin poder conocernos, de tantas conversaciones con su hijo para poder fijar una fecha, al fin estuviéramos allí. Nos sentamos en el patio, en sillas de patio andaluz, diría. Después de ofrecernos algo para beber y dejar las bebidas sobre la mesa circular que había a un lado del patio, volvió a entrar en la casa y salió de ella con la guitarra. Para qué hablar, mejor toco primero, dijo, y comenzó a tocar canciones y piezas instrumentales o acompañadas por su voz como si ésta fuera un instrumento, sin palabras. Música clásica, versiones de jazz, canciones uruguayas, cubanas, flamenco, blues del antiguo, algunas compuestas por ella. La variedad y la perfección (perfección a la que no le interesaba el acierto milimétrico: los pentagramas no fijan ni un cincuenta por ciento de lo que puede ser una interpretación: por eso me gusta tanto el uso del verbo interpretar para hablar de música) de lo que tocó resultaban asombrosas. De vez en cuando, nos contaba algo sobre lo que iba a tocar, cuándo la aprendió, lo que le gustaba o interesaba.
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