Cuando era pequeña, con las tormentas más fuertes se solía ir la luz de mi casa, los inviernos, los otoños, cuando ya estaba oscuro a horas tempranas, por lo que era necesaria, la luz, y era pronto para acostarse, entonces, en esos días, solíamos mis padres, mi hermana y yo, con una vela, o a veces sin ella, en el salón o en la habitación de mis padres, hablar con más intención o profundidad que normalmente. Recuerdo una vez... hablamos del compromiso, probablemente por alguna necesidad de mi hermana, que siempre ha sido muy social. Mis padres, claro, hablaron de la necesidad de luchar por lo que uno quiere... De que no hay nada más apasionante que enfrentarse al mundo, a los grandes problemas de la sociedad o a los que son más locales; mucho más que leer una novela, ver una película, una serie, dijeron. Recuerdo a mi padre realmente interesado en las luchas de oriente medio o de los balcanes, entonces. Siempre le ha gustado mucho el mundo, a mi padre. Mi madre era de cosas más cercanas. Claro que es un placer bastante menos abarcable que el que puede haber en un libro, menos directo, decían... Estaba Gema tumbada en el sofá verde, mirando al techo, con los brazos debajo de la cabeza. Desde la ventana, detrás de Gema, pretendía entrar noviembre, tímidamente, en la habitación, aunque la calefacción se negaba con terquedad, ayudada por la poca amplitud de la ventana que había desde el otro sofá del salón, donde estaba sentado yo, mirando hacia Gema y la ventana. Al apagar la tele, Gema comenzó a quejarse de la poca profundidad de mis textos y mi escaso compromiso. Tienes razón, es algo que me cuesta bastante, el compromiso, dije. El único compromiso que realizo constantemente es el de mantener mi comportamiento en los límites que considero adecuados. Pero lo de intentar influir en el mundo... Recuerdo una vez, dije, en el metro, que dos viejas, al entrar en el vagón y no ver ningún sitio libre, comenzaron a reclamarle el asiento a un niño pakistaní de menos de cinco años que estaba con sus padres y su hermana, olvidando a las demás personas, algunos jóvenes de veinte años, algún adulto, que estaban también sentados, de una forma indirecta y cobarde, como dirigiéndose a todo el vagón y esperando la complicidad de los demás. Nadie dijo nada, a pesar de lo repulsivo que resultaba y de que todos estuvieran escuchándolas. Yo tampoco dije nada. Las tenía justo delante, a las viejas, pero no dije nada. Pensé de todo, pero no dije nada. Nunca hago nada. Me quedé callado un momento. Gema miraba al techo. El problema no es, diría, el hecho de que cualquier opción es realmente errónea, que es lo que me paraliza, o que siempre pueda haber algunas razones en contra, el problema es que la vida no es teórica, teoricé, sino que siempre tienes que escoger una opción, aunque sea la cobarde de no hacer nada... Recuerdo una canción que decía algo así como que ahora se considera altruistas a los cobardes... Pero hay veces, pienso, que a una lucha lo que menos le conviene es un idiota que no sepa luchar. Ahí estoy yo, por supuesto, con mis dudas, y mi incapacidad para el conocimiento absoluto (lo que los demás creen que es eso) y mi habitual torpeza en los actos. Hay que tener la capacidad adecuada. Mis compromisos son menores, pero son lo que puedo sacar adelante, dije. Excepto aquella vez, y probablemente alguna otra más, dijo Gema girando la cabeza hacia mí. Hay bastantes cosas que sí podría hacer y no hago, también, dije.
Se incorporó, Gema, bruscamente, y fue a la cocina, de la que regresó con un vaso lleno de agua para volver otra vez al sofá. Se parece a Inés, Gema, pensé. Te escudas en tus justificadas razones, dijo. Como con Myriam, que hace más de cinco años que la conoces, que te gusta desde la primera vez que la viste, y que ahora, por no sé qué cambio que no te logras explicar, un nuevo erotismo recatado que antes no mostraba, como si hubiese descubierto esa capacidad no hace mucho, o algo así, dices, por alguna razón que sería mejor que no inventase, no haces más que pensar en ella, y lo más probable es que ella ni siquiera haya imaginado esa posibilidad ni un momento, a pesar de verla todos los días, de estar cerca de ellas varias horas al día. Le gustaba picarme con Myriam, a Gema. Aunque no estás acostumbrado al éxito, sigues temiendo al fracaso demasiado. Hay que perder, dijo, Gema. Hay que tener la voluntad de fracasar para avanzar. Y alguna supuesta mejora quedará por ahí.
Mañana nos damos una vuelta, a ver cómo están las cosas, dijo. Y observamos, al menos.
Se incorporó, Gema, bruscamente, y fue a la cocina, de la que regresó con un vaso lleno de agua para volver otra vez al sofá. Se parece a Inés, Gema, pensé. Te escudas en tus justificadas razones, dijo. Como con Myriam, que hace más de cinco años que la conoces, que te gusta desde la primera vez que la viste, y que ahora, por no sé qué cambio que no te logras explicar, un nuevo erotismo recatado que antes no mostraba, como si hubiese descubierto esa capacidad no hace mucho, o algo así, dices, por alguna razón que sería mejor que no inventase, no haces más que pensar en ella, y lo más probable es que ella ni siquiera haya imaginado esa posibilidad ni un momento, a pesar de verla todos los días, de estar cerca de ellas varias horas al día. Le gustaba picarme con Myriam, a Gema. Aunque no estás acostumbrado al éxito, sigues temiendo al fracaso demasiado. Hay que perder, dijo, Gema. Hay que tener la voluntad de fracasar para avanzar. Y alguna supuesta mejora quedará por ahí.
Mañana nos damos una vuelta, a ver cómo están las cosas, dijo. Y observamos, al menos.
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