Dejó la maleta junto a la pared, Gema, y nos sentamos en el banco. Quince minutos, dijo. Hay tiempo para descansar. Cruzó las piernas y miró a un lado y otro del andén, que aún permanecía vacío. Se había dejado el pelo algo más largo de lo habitual, pero sus ojos, que recorrían ahora, junto a la primera persona que apareció, una parte del andén, aún verdes, despuntaban con la misma intensidad. Me gustas así, con ese pelo, le dije, después de un rato, cuando la otra persona del andén eligió sentarse en otro de los bancos, pero te queda mejor corto. Una semana, pensé. Por delante. Deberías haber ido a la cena, dijo, no era necesario que me acompañaras. Por una vez, ahora que estás tan cómodo con ellos. Quizá Myriam decidió ir al final y podrías haber pasado al menos un rato con ella. Desencantándote, dijo, trabándose un poco, Gema, con cierta ilusión. Hubiera sido una oportunidad, claro. La única vez que nos hemos visto fuera de la universidad, en el viaje aquel a Juzbado, tuvimos una conversación más allá de tres o cuatro frases, bastantes minutos, con su habitual dulzura... Todo sobre mí... Pero no, no creo que hubiera dado para un desencanto hoy... No me hacía mucho caso, Gema, que miraba a los que, poco a poco, iban llenando el andén. Diez minutos, dijo. Entraron cinco jóvenes al otro andén, entusiastas, llamativas por las voces, las risas excesivas, enclaustradas en sus intentos de hermosura, más o menos conseguidos. Ninguna con el pelo rizado, ninguna con los labios adecuados o violencia recatada en la hermosura, pensé. Cómo destroza el entusiasmo innecesario a todo lo que toca, dijo Gema, mirándolas. La rubia no está mal, seguro que te gusta... Es perfecta con sus engaños, la verdad... Sonrió un poco, Gema. Me he dado cuenta, dijo, que cada vez que intento plantear alguna certidumbre, voy desarrollando, a la vez, inevitablemente, para mí, la certidumbre contraria. Me hace gracia... cuesta llegar a alguna conclusión útil, de esa manera. No es que me gusten las certezas, no soporto a la gente con certezas, pero cuesta alcanzar una conclusión de esta manera, dijo. Quedaban aún cinco minutos. Gema, cansada, se acercó la maleta, sobre la que apoyó los brazos y la cabeza, volviendo los ojos, cerrados, hacia mi. Cuando llegue el tren, esperará hasta que entren todos para levantarse y entrar tranquilamente, y se colocará en cualquier sitio cercano con espacio suficiente, y yo iré detrás de ella, a su lado, un poco detrás, sin que me haga caso, pensé, cansado también, incapaz de otra cosa, mirando por fin, después de demasiadas semanas, cómo anda, sus vaqueros, sus zapatillas, aunque tiene razón y no debería haber venido, quedarme allí, ir allí, al menos, creando otras posibilidades. Parecía dormida. No le importó el ruido del tren al entrar en el andén.
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