viernes, 26 de junio de 2026

Centro de interpretación de la tierra

Probé la dureza de la tierra, Gema, le conté a mi rehabilitadora favorita por teléfono en cuanto llegué del hospital. El móvil agarrado con la mano izquierda, el brazo derecho descansando en un cabestrillo que lo inmovilizaba. Miraba por la ventana con miedo a ver y echando de menos a Gema, su ausencia desde hace ya años en esta ciudad, no por su capacidad rehabilitadora, su dominio del cuerpo humano con el que manipular y arreglarme rápidamente el hombro. Me movió el hombro como si estuviera tocando el violín, le dije sobre el traumatólogo que me puso el hombro en su sitio después de varias horas esperando en urgencias, tranquilamente, mientras me entretenía mirando a la tipa que se parecía a Annie Clarke, St. Vincent, y que al final me enseñó las tetas al quitarse la bata y ponerse la ropa de calle cuando le dieron, supongo, el alta, una sala con muchas camas, las urgencias, no sé si queriendo, lo de las tetas, fantaseé en ese rato, y al cocainómano con temblores, y al viejo tranquilo como yo, y al anciano casi centenario con varios bypass en el corazón, y oía a alguien, al que no identifiqué, queriendo liarla, negándose a un tratamiento, con lo encantadoras que eran las enfermeras, la que me atendió con la palabra amor tatuada en la muñeca, en el brazo, en el antebrazo, ya no sé. Le dije a Gema: te echo de menos aquí no por tu capacidad rehabilitadora, que ahora supongo que tampoco puedes hacer mucho, toca estarme quieto, no mover el brazo, de momento, le dije con mi cojera al hablar, no intentar ningún movimiento a mi favor, que no sé cómo haré con esta soledad, tú, le dije, una profesional ideal para el trato de pacientes de comportamientos raros, sino por poder contarte bien lo que aún no he contado a nadie, pienso ahora, de las causas de la caída que he ido inventando en estos cuatro meses aún no recuperado del todo, negándome a aceptar que fue el azar de la baldosa mal puesta y no lo que me andaba rondando en la cabeza en ese momento, mientras corría desatento a la realidad de la tierra, de la acera, de la gravedad. La semana que viene, le digo a Gema ahora, en un banco en un parque mirando la tierra, iré por fin a rehabilitación. Lo que no le he dicho a nadie, pienso, ni a Gema, ni sé si decírselo. 

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