viernes, 10 de agosto de 2012

Mareo

Volví junto a Gema, que estaba sentada con las piernas abiertas y arqueadas y movía una piedra contra la arena. ¿Qué quería? Has estado mucho tiempo hablando con ella, dijo. No había querido venir conmigo, Gema, que prefirió quedarse en la arena, por lo que fuí solo a bañarme. El agua estaba algo fría y con algunas medusas, la gente, los niños con postura de caza se entretenían sacándolas, pero estaba cristalina, el agua, y podías verlas perfectamente, por lo que podrías haberte bañado sin problemas, no había tampoco muchas, mirando de vez en cuando alrededor. Me miró, Gema, esperando la respuesta. Me avisó de una medusa que estaba entre ambos, dije. Estaba agazapada, dijo, y se acerca a ti. Va a por ti, te ha echado el ojo, dijo sonriendo mientras trazaba una trayectoria circular con centro en la medusa, acercándose a mí. Luego nos adentramos, alejándonos de la medusa, un poco más. Me dijo que podríamos permanecer juntos para protegernos. Ella tampoco se había metido aún, el agua sólo nos llegaba a la cintura, y pensé que sería buena idea, le dije que sí, claro, y por eso hemos estado juntos todo el rato. Una vez dentro se estaba bien, Gema. Me senté a su lado, desplazándola un poco. Después de algunos comentarios vacíos, nos metimos en el agua;  ella, vertical, surgió con el pelo pegado a la cabeza, casi sin rizos, mostrando sólo la cabeza y sus manos que recorrían su pelo: su cuerpo quedó sumergido, visible y deformado. Me gusta cómo está el agua. Cuando está así, tan tranquila, me encanta estarme quieta, flotando, sin apoyarme en la arena, apenas moviendo un poco los brazos para mantenerme sumergida, salvo la cabeza, dejándome llevar por este balanceo leve, que, sin embargo, siento que es el empuje de todo el agua de los océanos: de ese mar que se estrella violento contra las rocas o de las aguas cálidas que rodean una pequeña isla... Como si fuese una medusa, dijo. Me encanta esa sensación. Nos quedamos los dos en esa postura. Se está bien, pensé. Gema continuaba moviendo tercamente la piedra. Me dijo que es publicista, que suele veranear aquí, aunque es el primer verano que lo hace en esta playa. La verdad es que siempre me ha gustado buscar esas sensaciones perfectas, dijo, lo que quizá, sobre todo de pequeña cuando creía más en ellas, me llevó a ser publicista: esa búsqueda de sensaciones sin manchas, suelo pensar. Escenas familiares entrañables, productos milagrosos... Todo esa mierda, dijo. De vez en cuando volvía, ella, la cabeza hacia mí; con una pequeña sonrisa, siempre. Aún creo en ellas, las busco, aunque sepa, incluso, que no me gustan, que no es lo que disfruto. Como si borraran la humanidad, realmente... Como las canciones comerciales, dijo, que se graban sin que se oiga la respiración del cantante, suavizando su pronunciación, con guitarras en las que no se oye el deslizamiento de las manos por los trastes... Ahora prefiero, antes no, claro, notar que hay un humano grabando el disco, perdiendo el aliento, golpeando las baterías, destrozándose mínimamente los dedos con las cuerdas. Se tumbó en el agua un momento. No es que lo prefiera... ni es algo que busque en lo que escucho, pero es algo que me gusta, dijo. Y bueno, tampoco mucho más, dije, sólo para no estar callados, que si vaya mala suerte con las medusas, que si no ha hecho mucho calor por aquí... La gente suele creer que hablar es necesario, dijo Gema, tumbándose en la toalla. Siempre he querido lo común, dijo. Pienso ahora que me encantaría haber sido realmente diferente; quiero decir, pensar en cosas como la muerte de forma diferente a como lo hace todo el mundo. Yo que sé... no tenerle miedo sino alguna otra clase de sentimiento y notar que eso me influye, disfrutar de esa capacidad. Caminar por ahí sintiendo que mi mundo lo creo yo, y que es realmente diferente al de los demás. Ya sé que es una estupidez, una tontería que nace un poco del equívoco en mi compresión de los demás, supongo. Pero no, dijo, yo de pequeña quería tener una familia perfecta, un marido guapo, un buen trabajo y una casa bonita con un perro. En la publicidad, dijo, y en el arte también, imagino, debe haber siempre una parte en la que la gente se reconozca y otra en la que se le descubra algo nuevo. Yo soy más de lo común que de la innovación, dijo. Nadó un poco por donde no había medusas y regresó junto a mí. Me gustan las medusas, dijo, no puedo evitarlo... Tan aparentemente inofensivas... llevadas por la corriente, como tontas... con su cuerpecito transparente y sus colores. Éstas de aquí supuestamente brillan un poco, las pelagia noctiluca. Señaló a una que se acercaba, sibilinamente, hacia mí, otra más, dijo, y decidimos salirnos para evitar nuevos encuentros. Ha estado bien el baño, dijo al acercarnos a la orilla. Hemos hecho una buena vigilancia... Regresó a su toalla, ella, con un saludo suave. Gema, que estaba enfrente, se quedó mirándola.

He estado pensando, mientras perdías el tiempo escuchándola, en lo que escribiste sobre la compresión en el texto de la ducha, en la parte esa algo fallida, dijo. Pienso en lo de David: cómo coño vamos a comprender lo que pasó durante todo ese año o lo que siente ahora... o lo que ha cambiado. Lo único que podemos hacer es tratar de ponerle unas palabras que puedan designar todo eso, palabras que sean quizá las mismas que él utilice, que coinciden, pero nada más... Acaso encasquetar algún sentimiento similar para acercarnos... No hay comprensión posible, dijo. Miraba, Gema, que se había sentado, a unos niños que se proponían hacer un esfinge de arena. ¿Andamos un poco?, dijo. 

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