El sexo es una forma anticuada de poesía.
Estaba sentado en la calle, esperando.
No hacía frío, y eso se notaba.
Practicaba mi mirada insolente:
los transeúntes, los demás, no supieron nada.
Intentaba olvidar el arrepentimiento de los actos estúpidos.
Me dijo que el sexo era una roca:
que me engañaba: yo siempre hablaba de humedad,
de bebidas, de mares, de lava
(repetía lo leído).
(Descubrí la masturbación,
como otros descubrieron el fuego o América,
una noche de agua
e inventiva, brillante,
recreando futuros deseados).
El sexo no es la tormenta que imaginaste.
Es un desierto. Sólo fue un desierto.
Oías los tambores apagados, el ritmo.
Luego entraban las voces,
los primeros sonidos.
Y además el alba, siempre el alba,
preferías el alba, ansias del alba,
aquellos días.
Confundimos nuestra novedad con la novedad de los demás.
El móvil lo tenía apagado:
no me interesaba saber si llegarías.
Tú no llegarás nunca:
no llegarás a saber, a contar
las sonrisas que he recibido.
Pero intentaba definir el sexo
(tenía que olvidar: convertir en palabras).
Recuerdo que no llegaba a reflexionar:
frases sueltas: interrupciones..
No hay nada. No habrá nada.
Y cuando ya apareciste, Patricia,
con la sonrisa de quien sabe esperar,
con todo un desierto a cuestas trazado con tus piernas de keniata,
supe,
casi sin mirarte,
que sólo en su omisión o vacío
aquella noche llegaría a existir.
Valente, lo último.
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